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domingo, 4 de mayo de 2014

Canción de la semana: Klingande - Jubel

CAPITULO 3



Melibea

    Lo adoro. Me encanta. Es adorable. Zeus es el mejor perro del mundo. Se me hace imposible no quererlo. Hace un rato, Marius, me ha contado que tan solo tiene siete meses. Aún no se le han caído todos los dientes. Saber que es tan pequeño le hace diez mil veces más achuchable.
    Es muy gracioso también. Ronronea como un gatito.
    De repente para. Se queda muy quieto y pone las orejas en punta, mirando a ninguna parte. Eso es que ha escuchado algo. Gira la cabeza hacia la puerta, esta vez yo también he oído el ruido. Pasos que se acercan. No tengo tiempo ni de pestañear cuando Zeus salta de mi regazo. Gruñe a la puerta de madera mientras raspa por debajo como si quisiera cavar un túnel. Antes de que me deje sin puerta la abro lo justo para que pueda salir. Sale disparado. Por la rendija de la puerta alcanzo a ver a Marius, nuestras habitaciones están una en frente de la otra, me mira. Ya no tiene la misma mirada calida que me pedía perdón sino que ahora es fría y despreciativa. Entra en su cuarto con Zeus y cierra la puerta. Por un instante me quedo petrificada. ¿Qué acaba de pasar?
    Ha sido muy extraño.
    Pienso en bajar abajo a ver un rato la tele. Aquí encerrada me aburro, y además no me apetece pensar en todas las cosas que tengo en la cabeza. Sí, la televisión sirve de más cosas a parte de para matar neuronas. Yo prefiero los libros, pero ahora no tengo nada que pueda leer.
    Antoni habla por el móvil en la cocina. Parece serio, tiene el entrecejo fruncido y la mano que no lleva el teléfono apoyada en la cadera.
    Enciendo la tele y pongo un canal al azar. Antoni me ve. No quiero molestarle así que bajo el volumen hasta que es casi inaudible. Cuelga soltando aire frustrado. Me mira y se sienta en el sillón que esta al lado de dónde estoy yo, en el sofá.
    -¿Qué ves? –Me pregunta.
    -No tengo ni idea –Respondo con sinceridad. Él sonríe.
    -Melibea… -Apaga el televisor- Me voy ha tener que ir.
    -¿Qué? –No. No se puede ir. Por favor, no.
    -Tranquila, es solo una semana. Me han llamado del trabajo. Necesitan que vaya a la India por unos asuntos que…
    -¡¿A la India?! ¡¿Quién narices se va a la India por unos “asuntos”?! ¿No podrían mandar a otro en su lugar? –Esto último lo pienso pero no lo digo, claro. No quiero que se vaya, ni una semana ni un día. 
    -Sí. Es un poco largo de explicar pero el caso es que me voy… Esta noche. Lo siento mucho Melibea, sé que no debería dejarte aquí sola con Marius la primera noche en casa, soy una mala persona pero…
    -No, tranquilo. Está bien –Le sonrío a pesar de que estoy triste. Muy triste.
    -Gracias Melibea -¿Por qué dice siempre mi nombre?- bueno, voy a hacer la maleta. ¡Ah! Y a decírselo a Marius.
    Me quedo sola en la sala de estar pensando en como serán siete días viviendo sola con Marius. De momento no ha resultado ser “malo”, solo algo raro y yo diría que algo bipolar también.   
    -¡Estas flipando tío! ¡No pienso quedarme solo con esa cría! –Oigo gritar a Marius.
    Que diga eso me enfada, no soy una cría, pero también me entristece.
    Los gritos siguen. Esto me trae recuerdos no demasiado buenos…
    -¡Que no Antoni joder! ¡Que no puedes hacerme esto! ¡Llévatela!
   -¡¿Pero como me la voy a llevar?! ¡¿Tú eres tonto?! Con lo mal que lo ha pasado podrías. -Se calla en seco. No debería haber dicho eso, Marius empezará a hacer preguntas y la promesa que me hizo de que no contaría nada de lo que me pasó corre el riesgo de ser descubierta.
    Ya no hay gritos, aún así sé que siguen hablando. Deben de haber cerrado la puerta de la habitación de Marius.
    Vuelvo a encender la tele por hacer algo. Ahí arriba estarán hablando de que soy un estorbo, de que no hago nada más que molestar. Pero no es mi culpa… ¿Qué se supone que he hecho yo para tener una vida tan llena de desgracias?
    Antes de que el monstruo que se hacía llamar mi padre, matara a mi madre, las cosas tampoco es que fueran muy bien. Sigo teniendo marcas de cuando él se enfadaba y lo pagaba conmigo o con mi madre. Los cortes con su navaja, las quemaduras de los cigarros, las costillas ligeramente fracturadas por sus patadas en el costado con esas botas marrones de montaña. Se me ponen los pelos de punta.
    Recuerdo su voz y su aliento siempre oliendo a alcohol. Sus dientes amarillos. Esos ojos oscuros derrochando ira.
    Quiero matarlo con mis propias manos. Quiero que sufra. Quiero que su vida sea una profunda agonía, de la que nadie pueda salvarlo nunca.
    Pasitos se acercan y de un gran salto Zeus se sube al sillón.
    Mi mente viaja a las posibles escenas que podrían estar teniendo lugar en aquella habitación.
    -¡Pues si no te gusta ya puedes ir largándote de esta casa! –Grita Antoni bajando las escaleras enfurecido.- Disculpa Melibea, Marius a veces se comporta como un autentico idiota.
    -Si, ya, se ve que no le cuesta mucho demostrarlo.
    El mayor de los hermanos se ríe.
    -Bueno, ¿estas segura de que no te importa quedarte con ese imbécil unos días?
    -No, de verdad. Claro que me importa. Es un imbécil, tú mismo lo has dicho.
    -Perfecto, muchas gracias Melibea. –Y se va. Dispuesto a hacer la maleta para pasar una semana en la India por “asuntos de trabajo”. ¿En que trabaja? Todavía no se lo he preguntado, pero sea lo que sea debe de ganar una pasta.
    Me aburro. No se que puedo hacer aquí. No quiero pensar en nada, aunque sea imposible.
    Tengo miedo de que llegue la hora de dormir, de que las pesadillas vuelvan, de que Antoni ya no este para calmarme.
    Han pasado… ¿Cuánto? ¿Tres semanas? ¿Un mes? Todo es muy confuso, no tengo nada claro. Exceptuando, claro esta, que mi madre murió asesinada por algo que no puede ser humano y mucho menos mi padre. Cada noche tengo sueños horribles de los que no puedo liberarme sin alguien que me despierte. Antoni era quien venía corriendo a consolarme, diciéndome que respirara hondo y me tranquilizara. Se quedaba conmigo sentado al borde de la cama esperando a que volviera a dormirme. A veces seguía ahí cuando despertaba a la mañana siguiente, con bolsas bajo los ojos sonreía diciendo: “Buenos días Melibea”.
    Es tan dulce. Voy a echarle mucho de menos estos días.
    Las noches en mi antigua casa eran diferentes. Mi madre y yo intentábamos dormir lo antes posible y rezar para que él no volviera muy ebrio. Cuanto más bebía, más agresivo era.
    Por las mañanas iba al colegio de ocho a dos. No hablaba con nadie y después del colegio tenía que ir a casa lo antes posible por si él me estaba esperando. Aquellos días en los que llegaba demasiado tarde eran los peores. No dejaba que comiera. Usaba su cinturón como si fuera un látigo…  Mamá le pedía que parase, agarraba su brazo y me rodeaba con su cuerpo evitando que llegaran los golpes. Aún así duele ver a la única persona a la que amas sacrificándose por ti, ver como le hacen daño. Más tuvo que dolerle a ella. ¿Por qué no nos fuimos? Huir. Escapar de él. ¿Cómo no pudo mi madre tomar esa decisión?
    Dos horas más tarde estoy despidiéndome de Antoni.
    -Que no te pise un elefante.
    Sonríe.
    -También tendré cuidado para que no me atropelle una vaca.
    Ambos reímos sin muchas ganas.
    -Volveré pronto ¿eh?
    Asiento. Antes de que salga por la puerta doy un paso, y otro. Miro sus ojos negros y los míos se empañan. Nos abrazamos; muy fuerte, como si fuese a estar fuera más de un año. Se sentirá así para mí.
    -Marius tiene dinero, cualquier cosa que necesites pídesela a él. Y puedes llamarme cuando quieras. No me importa lo costosa que sea la llamada.
    Esnifo por la nariz. Ya estoy llorando otra vez.
   -Adiós Antoni…
   -Venga, habré vuelto antes de que te de tiempo a echarme de menos.
   Ya te echo de menos. Y se va.
   

    Vagabundeo un poco por la casa. Entro en la cocina para beber un poco de agua y allí me encuentro a Marius. ¡Que sorpresa! No lleva camiseta.
    -Esto… Marius, ¿y los vasos? –Creo que es mejor que le pregunte antes de empezar a abrir todos los cajones de la cocina como una retrasada.
    Ignora mi pregunta.
    -¿Marius?
    Me mira como si le estuviese tomando el pelo. 
    -¿Me vas a decir donde están los vasos o vas a seguir mirándome con esa cara de mongólico que tienes?
    Se levanta riendo.
    Abre uno de los cajones superiores y coge un vaso.
    -Hay hielos en el congelador, el agua suele salir caliente en verano.
    Al intentar coger el vaso de sus manos, él lo sube demasiado alto para que yo lo alcance.
    -¿Qué se dice?
    ¿Bromea?
    -No querrás ser una niña mal educada, Mel. ¿Qué tienes que decir?
    Mi garganta empieza a quejarse y carraspeo. Necesito agua.
    -¿Qué tienes que decir?
    -Olvídalo, beberé del grifo del baño.
    -Espera –Marius agarra mi muñeca-. Tampoco hace falta dejarme como el malo de la película. Ten.
    Al principio vacilo, pero parece que habla en serio y decido coger el vaso.
    -Gracias.
    -¿Ves? Tampoco era tan difícil eh… -Idiota- Cambiando de tema, voy a pedir pizza para cenar. ¿La pido de bacón y queso o sigues pensando en hacerte vegetariana? 
    -Ya lo he decidido. Se acabó la carne para siempre.
    Suspira y agarra el teléfono.

    -Entonces espero que te guste la pizza cuatro quesos.