Instagram

miércoles, 4 de noviembre de 2015

CAPÍTULO 13

MELIBEA

     Con las entradas de cine ya compradas vamos a por las palomitas. Me encantan las palomitas saladas, muy saladas. No me importa acabar con los labios irritados y cortados por la sal. Simplemente me encanta. Marius compra un tanque de palomitas para compartirlo entre los dos y entramos en la sala. Nos sentamos centrados, en la fila número seis. Las luces se van apagando poco a poco hasta dejar la sala totalmente a oscuras. Empieza la película. Cuando se encienden los altavoces me sobresalto, no pensé que el volumen fuese a ser tan ensordecedor. Te penetra la cabeza impidiéndote pensar con claridad en otra cosa que no sea la película.
     Es la típica película de ciencia ficción; chico normal conoce a chica, problema, hay un malo muy malo, el chico se vuelve un héroe y los buenos ganan. Fin.
     No es que me haya gustado la peli, pero supongo que esperaba más de ella. Lo que sí me ha gustado mucho ha sido la experiencia de venir al cine, me gustaría repetir alguna vez más.
     -¿A dónde vamos ahora, Marius? -Le pregunto.
     -Tendremos que comer, ¿no? -Las comisuras de sus labios se alzan en una pícara sonrisa.
     -¿Y dónde vamos a ir a comer? -Vuelvo a preguntar.
     -¡Deja de ser tan preguntona! Ya lo verás cuando estemos allí. -Marius me pone de los nervios. Algo en mí me dice que no debería confiar en él,decido ignorar ese sentimiento. Nos metemos en el coche y empieza a conducir. Llegamos al puerto de la ciudad. Caminamos por la calle del puerto, gaviotas sobrevuelan el cielo y las velas de los barcos cubren el horizonte junto al mar.
     Marius señala un pequeño restaurante con servicio de terraza.
     -Ahí es donde vamos a comer.
     Entramos en el restaurante y se nos acerca una mujer joven, alta de pelo muy corto y oscuro, vestida entera de negro y con un delantal rojo atado a la cintura.
     -¿Mesa para uno? -Dice intentando captar la atención de Marius y sin hacer reparo de mi presencia.
     -Mesa para dos. -Contesta Marius con voz tajante y lanzando a la camarera una fría mirada mientras me arrima con el brazo más cerca de él. La camarera, con no muy buena cara, nos acompaña a nuestra mesa en la terraza.
     Una vez estamos los dos sentados, nos ofrece la carta y se va sin decir palabra. Cuando voy a abrir la carta, Marius me la quita de las manos.
     -No la necesitas, ya se qué vamos a comer. -Le hace una llamada con la mano a otro camarero; alto, fuerte y de pelo gris, llamando su atención. Este se acerca a atendernos con una pequeña libreta en la mano.
     -¿Ya saben qué van a tomar? -Pregunta el camarero.
     -Sí, queríamos dos platos de escalivadas de primero, de segundo dos esqueixadas de bacalao y para el postre otras dos raciones de crema catalana.
     -Estupendo -Responde haciendo un gran inca pie al pronunciar la S.
     El camarero se aleja de nuestra mesa.
     -¿Cómo sabes si me gusta o no lo que nos has pedido?
     -No creo que haya ser humano en este planeta a la que no le guste. Además eres tan tímida con cosas como esta que aunque no te gustara me dirías que si te gusta.
     -Yo no haría eso -Digo poniéndome a la defensiva.
     -Sabes que sí. Últimamente te estas soltando más conmigo, pero sigues siendo muy reservada y vergonzosa. Aparto la mirada enfurruñada y colorada, dando sin querer la razón a Marius.- Ves, roja como un tomate.
     -Eso es porque estoy furiosa contigo -Intento excusarme. Marius no dice nada pero a su vez lo dice todo con su sonrisa.
     La camarera antipática de antes nos sirve la comida con una sonrisa falsa en los labios.
     -Que os aprovecha -Dice con una maliciosa expresión y yéndose de nuevo dentro del restaurante contoneándose. Estoy segura de que mi plato tiene un toque extra de babas. Mejor no pensar en ello. Ojos que no ven, corazón que no siente.
     Con el tenedor parto un trozo de escalivada y me lo llevo a la boca. Delicioso.
     -¿Cuándo llega Antoni mañana?
     -Antes del mediodía. Supongo que cuando vuelvas del colegio ya estará en casa. Y no, antes de que me lo preguntes, no puedes faltar a clase.
     Hago un mohín.
     Marius termina de comer antes que yo y fija su mirada en el mar.
     El sol flota en lo alto del cielo, por el que nadan las gaviotas, dándonos calor. La suave brisa equilibra el tiempo haciendo a este muy agradable. El mar está en calma, de vez en cuando alguna ola rompe en la orilla.
     Marius pide la cuenta y paga la comida.
     -¿Y ahora?
     -¿Ahora? Ahora vamos a dar una vuelta en la moto...
     -Pero si no hemos venido en moto -Le interrumpo.
     -Acuática -Termina Marius. Yo levanto las cejas incrédula.
     -¿Tienes una moto de agua?
     -Dos, pero una es de Antoni. Y tú no puedes conducir una sola todavía, te toca montarte conmigo. -Ahora entiendo el por qué de la mochila. Debe de llevar los bañadores, las toallas y demás.-¿Caminamos por la orilla? -Asiento. Mis labios forman una sonrisa de dientes blancos.
     Antes de llegar a la arena nos quitamos los zapatos y los guardamos en la mochila. También nos quitamos la ropa y la cambiamos por el bañador con la toalla estrategicamente colocada para que no se vea nada indebido. La arena se hunde bajo el peso de mis pies. La rompiente de una ola se acerca a la orilla, avanzando hacia nosotros, y cuando el agua entra en contacto con mi piel mi cuerpo se estremece.
     Caminamos en silencio con el viento de frente y mi pelo flotando tras mi espalda. Es Marius el que decide romper el hielo.
     -¿Cómo estas con...? -No es necesario que termine la frase.
     -Bien, creo. Es raro. -Está claro que yo ya sabía de la existencia de la menstruación, pero me ha pillado tan de sorpresa que sigo un poco desconcertada, y que a quien haya tenido que pedir ayuda con esto haya sido a él me entristece. Echo de menos a mi madre.

MARIUS   
 
    La playa está desierta, no hay nadie a parte de nosotros. Melibea camina con la vista fija en el mar. No tiene una expresión triste, sino más bien nostálgica. Se en que debe de estar pensando. También se que no me ha contado toda la historia, pero ella tendrá sus motivos para no hacerlo y no quiero presionarla. Sólo quiero que sepa que puede hablar conmigo cuando quiera y que voy a estar ahí siempre que me necesite. 
     Le doy un empujoncito con el hombro y sonriendo miro al frente con las manos dentro de los bolsillos del bañador. Mel me devuelve el empujón intentando desequilibrarme. Dejo la mochila en la arena, cojo a Melibea por las rodillas y me la echo al hombro. Al mar que va. Mel patalea, gritando me suplica que la suelte e intenta zafarse de mi agarre. Incluso me pega varios azotes en el culo. Con eso solo hace que me entren más ganas de mojarla. Cuando el agua me llega por las rodillas la suelto. Melibea se hunde en el agua.Una vez que su cabecita sale a tomar aire empieza a salpicarme con las manos. Salta encima de mi y acabo con el agua hasta el cuello. Mel se sienta a horcajadas en mis rodillas. Las olas rompen en mi espalda. Ella ríe, sus ojos brillan de emoción. Su pelo; oscuro, largo y ondulado, chorrea agua salada. Su pecho sube y baja, moviendo los flecos de su bikini rosa. Su sonrisa, una sonrisa de dientes ligeramente separados, labios carnosos y cortados, con una pequeña peca al borde de estos. El hoyuelo que se forma en su mejilla siempre que me regala ese pedacito de su felicidad. El corazón me daun vuelco en el pecho y algo se activa en mi mente. Ese pensamiento hace que se me ponga la carne de gallina. Lo alejo rapidamente de mi cabeza. Joder, ¿qué coño estoy haciendo? 
     Aparto a Melibea con cuidado y le ayudo a levantarse. Ella me mira desconcertada. 
     -Vamos, se nos va a hacer tarde. 
     Llegamos al puerto. Hablo con el guardia de seguridad, que tiene una de las llaves de la moto, y le dejo la mochila en la cabina. 
     -No tengo chaleco salvavidas -Le digo a Mel antes de que suba a la moto- Asique sujetate fuerte. 
     Veo como se le suben los colores. 
     Melibea se sube a la moto detrás de mí y se sujeta a mi cintura con los brazos, aprentando nuestros cuerpos. Ahora entiendo porque se sonrojaba. Su piel y su cuerpo estan muy pegados al mío. Lo único que se interpone entre nosotros es la fina tela de nuestros bañadores. Mi entrepierna reacciona. Arranco el motor y Mel se sujeta con más fuerza. 
     -Te prometo que si sales volando iré corriendo a salvarte. -Salimos del puerto y ella suelta un pequeño grito mezclado de miedo y emoción. 
     Dejamos la costa atrás, hasta que se vuelve solo una línea en el horizonte. Mel sigue aferrandose a mí, cortándome la respiración. De una forma u otra, Melibea siempre consigue dejarme sin aliento. 
     Sus piernas desnudas siguen pegadas a las mías. Tiene unos muslos suaves, tersos, con pelitos rubios. Pequeñas gotas de agua me salpican en la cara. Melibea empieza a relajarse, ya no me sujeta con tanta fuerza. Puede que si acelerase un poco volviera a sujetarme con ganas. Derrapo en el agua varias veces y ella grita. De nuevo sus brazos me aprietan las costillas. Siento la curvatura de su cuerpo encajando con el mio y su pelo ondulado haciendome cosquillas en la espalda. No se que demonios me está pasando. 
     Ya volviendo al puerto Mel me pregunta: 
      -¿Me dejas conducirla a mí?
     La miro girando la cabeza muy sorprendido. 
     -¿Estás segura? -Ella asiente varias veces y acaba por convencerme.- Está bien, siempre y cuando vayamos despacito y cin cuidado. 
     La cojo de la cintura y la levanto de su asiento. La paso por encima de mis piernas y me deslizo hacia atrás para que Mel pueda sentarse delante sin tener que meterse primero en el agua. Agarra el manillar decidida a empezar ya a conducir. Rodeo sus brazos con los mios, apoyando mis manos sobre las suyas. Me es gracioso lo pequeños que son sus dedos en comparación con los mios; con los mios y con los de cualquiera. Su cabeza roza con mi pecho. Es tan diminuta. 
     -Hazlo suave, si lo haces demasiado rápido podríamos salir despedidos. -Con suma delicadeza le ayudo a arrancar la moto. Esta se cala y se tambalea en el mar.- Con cuidados. Volvamos a intentarlo. -Esta vez arranca bien la moto y empezamos a deslizarnos sobre el agua. Intento regular la velocidad. Giro el manillar en dirección al puerto. Empieza a hacerse tarde y aún tenemos que cenar y no llegar demasiado tarde a casa, Melibea mañana tiene clase y nos toca madrugar. 
     A Mel no se le da nada mal esto. En un tiempo incluso podría manejarla ella sola. 
    -Estas hecha para esto eh -Le grito al oído para que pueda oírme a pesar del ruido del mar y del motor. Mel me mira de reojo y sonríe. Vuelvo a cambiarle el sitio antes de que lleguemos al puerto.
     Mel da saltitos de alegría cuando pisamos tierra firme. 
     -¡Tenemos que volver otro día! ¡Ha sido genial!
     -Dijo la que le tenía miedo a las motos. 
     Melibea hace una mueca divertida. 
     -¿Adónde me vas a llevar a cenar? -Pregunta. 
     -¿Quién ha dicho que te vaya a llevar a cenar? 
     -¿Es que no vamos a cenar por ahí? 
     -Claro que sí, pero yo no te lo había dicho. Deja de adelantarte a los acontecimientos, pesada. -Intento parecer molesto pero Mel ya me conoce lo suficiente como para saber que no lo estoy de verdad. 



     En menos de veinte minutos entramos autoservicio de un restaurante de comida rápida. Mel me mira frunciendo el ceño. 
     -¿Vamos a comer en el coche? 
     -No exactamente. 
     Pedimos dos hamburguesas y salimos a la carretera. El olor a comida basura inunda mis fosas nasales y mi estómago se queja. Melibea se ríe mientras come patatas fritas. Coge una y en vez de llevarsela a la boca, como ha hecho con todas las demás, me la acerca a mí. Yo me acerco a ella, la muerdo y me la como. A la patata, no a Melibea. Aunque no me importaría morder y comerme a Mel. Dios, ¿primero pedófilo y ahora caníbal? Catorce años, tiene catorce años. Son once años de diferencia, olvídate de esta locura ya. 
     Llegamos a nuestro destino. 
     Bajamos del coche con las bolsas de comida. El silencio hace acto de presencia. Miro a Melibea, tiene la boca entreabierta y los ojos iluminados por la luz de la puesta de sol. Es, simplemente, lo más bonito que he visto en mi vida. Mis entrañas se retuercen. 
     Ayudo a Mel a subir al techo del coche y después me ayudo a mí mismo. Nos sentamos con las piernas cruzadas, con la vista fija en el horizonte. Este es el acantilado con laa mejores vistas del país. La tierra y el mar se hacen uno. Parece que las copas de los árboles flotan en el agua. Comemos y hablamos. Ella se ríe y yo sonrío. 
     Terminamos de cenar y volvemos a casa.
     Subimos directos a la cama, haciendo una pequeña parada en la ducha. 
     Nos metemos juntos en la cama. Melibea se recuesta en mi pecho. Su pequeño cuerpo se amolda con el mío, por la mañana volveremos a ser un gran nudo de brazos y piernas.
     
    
    
   

viernes, 9 de octubre de 2015

Una noche estrellada

MARIUS
     Aparco el coche antes de llegar al acantilado. Suelto un suspiro y miro a una no muy contenta Melibea. Desde que conocí a aquella chica de la discoteca está muy distante conmigo. Ahora pasa más tiempo en su cama que en la mía. Empiezo a echar de menos a mi renacuaja.
     -¿Qué es lo que pasa, Mel? -Melibea, que tiene la cabeza apoyada contra el cristal, me mira de reojo y veo su pupila azul.
     -Nada. -Contesta con normalidad sin dejar de mirar el mar negro, unicamente iluminado por el reflejo de la luna.
     -Se que pasa algo, pero no estoy seguro de qué. Por favor, no me lo pongas tan difícil.
     -¿Qué no te lo ponga tan difícil? -Su expresión cambia de golpe y me dedica una fulminante mirada. Me quedo con la boca entreabierta y con cara de idiota sin saber qué decir. No se por qué está tan enfadada conmigo.-Olvídalo. -Pone los ojos en blanco y vuelve al apoyar la cabeza en la ventana.
     Estrecho su rodilla con la mano, Mel se encoge haciéndose ver incomoda con mi mano ahí. La aparto.
     -¿Es por lo del sábado pasado?
     -No lo sé, ¿qué se supone que pasó el sábado pasado? Si tú lo dices será porque pasó algo, ¿no? -Dice volviéndose a poner a la defensiva.
     Hago memoria. El sábado salimos juntos de fiesta con David, Chavela, Alex y Gabriel. Recuerdo que bebí un poco más de la cuenta al igual que la mayoría de nosotros. Una chica rubia se acercó a hablar conmigo, pero no pasó nada. No tiene razones para estar enfadada por eso. Creo. No es como si hubiera hecho algo malo. Puede que ella se me acercará un poco, y que yo no la apartase, y que nos fuéramos a la pista a bailar... Vale, soy un poco capullo. Aún así está exagerando como siempre, ella sabe que no hicimos nada más que hablar y bailar. No dejó de mirarnos toda la noche sentada en la barra... Yo nací con menos neuronas que los demás, ¿verdad?
     -Mel, lo siento. No debí quedarme solo con esa chica. Sabes que es a ti a quien quiero y de quien estoy enamorado, cualquier otra me da igual.
     -No debió ser cualquier otra si me dejaste tirada para irte con ella. -Una lágrima se desliza por su mejilla-O no debes de quererme tanto como dices.-Sale fuera del coche adentrándose en una noche estrellada. Salgo tras ella. Se queda apoyada en la puerta con las manos ocultando su rostro. Solloza en silencio. Me paro en frente de ella y le aparto las manos para mirarle a los ojos, ella no me acepta la mirada y aparta la suya. Me acerco más a Mel para darle un abrazo pero me aparta de un manotazo y va a sentarse en el capó del coche.
     -Escúchame, no pasó absolutamente nada. Y tampoco quería que pasase algo. Estaba borracho, se me nubló el cerebro. Si hubiera estado en plenas facultades mentales en ese momento ni habría mirado a esa chica ni te hubiera dejado sola. No sabía que estabas así de mal por mi culpa -Ahueco sus mejillas con mis manos y, por suerte, cada vez solloza menos.-Lo siento. Te quiero mucho, Mel.
     Juntamos poco a poco nuestros labios. El sabor metálico de los cortes de sus labios se mezclan en armonía con el sabor salado de sus lágrima y con el nuestro propio. Separo sus piernas y me cuelo entre ellas. Sobre pone sus manos en las mías. La luna y las estrellas nos observan. Separo unos pocos centímetros mis labios de los suyos para decirle:
     -Te quiero. -Una y otra vez.
     Melibea no responde. Su boca ansía la mía. Sus manos ahora tiran de mis pantalones, apretándome más contra ella. Ya no llora, pero sigue teniendo los ojos brillantes. Sus dedos desabrochan los botones de mi camisa y consigo pararla antes de que termine.
     -¿Aquí? ¿Estás segura? -Melibea me besa como respuesta.
     Mientras termina de quitarme la camisa voy des vistiendola a ella. Mel desabrocha mis pantalones y se te cuesta semidesnuda  en el capó de mi coche. Engancho dos dedos a la cinturilla de su pantalón y tiro de ellos hasta acabar con ellos en la mano junto con su ropa interior. Con Melibea mirando al cielo poso la boca en el interior de su muslo y la tentación se apodera de mí. Clavo los dientes en su piel . Acaricia mi pelo. Mi lengua se pasea por su entrepierna, ardiente y juguetona se cuela entre sus labios. Acaricio su clitoris y lo atrapo succionando en mi boca. Ella gime y le tiemblan las piernas. Siento cómo crece mi erección. Con sus muslos atrapados por mis brazos y mi boca presionando contra su monte de Venus, dándole placer, Mel se remueve encima del coche, procura, fallidamente, estar quita para no resbalarse del capó y caerse. Sino estuviera yo sujetándola, ya habría acabado en el suelo.
     Me bajo los pantalones hasta la rodilla y acerco mi pene al sexo de Mel. Lo meto poco a poco en su interior. Ella entre cierra las piernas, me impide moverme con facilidad. Le separo las piernas y la acerco más a mí, penetrandole por completo. Me muerdo el labio y suelto un gruñido. La miro mientras entro y salgo de ella. Tumbada sobre el coche, con la espalda ligeramente arqueada. Su cabeza mira al cielo. Su pecho sube y baja, haciéndose ver con cada respiración la sombra que se forma en su piel por los huecos de las costillas. Entre gemidos guturales dice mi nombre.
     Los problemas se me olvidan, para mí sólo está ella. Intento trasmitirselo a través del sexo. Mis estocadas son rápidas, luego lentas. Todas llenas de amor. 
     La veo disfrutar y eso me encanta.
     Con mi dedo pulgar masajeo su clitoris y ella vibra. Sus pechos se mueven al ritmo de mis estocadas.
     -¡Marius! -Grita Mel. Y cuando digo que grita, grita. Es probable que la hayan oído en la otra punta del país. Arquea su espalda más de lo normal y se desploma sobre el capó tratando de recuperar el aliento.
     Siempre me ha gustado que ella se venga primero. Un par de estocadas más fuertes me hacen llegar a mí también al climax dentro de ella.

martes, 15 de septiembre de 2015

CAPÍTULO 12


Melibea


    Me levanto de la cama con cuidado de no despertar a Marius y voy directamente a la ducha. Me gusta ducharme por las mañanas, me ayuda a deszombificarme.
    Cuando bajo al salón, ya preparada para ir al colegio, el desayuno esta servido en la mesa y Marius me espera sentado para empezar a comer.
   -¿Qué me has cocinado hoy, chef? –Pregunto desde mi asiento balanceando los pies que apenas rozan el suelo.
    -Gofres con frutos rojos y batido de chocolate. No te quejaras eh… -Me relamo pasando la lengua por mi labio superior. Me ofrece mi plato y yo lo cojo. -¿Has dormido bien? Esta noche no he recibido muchas patadas por tu parte.
    -Sí, bien. Aunque tengo cierto dolor de espalda que me lleva dando guerra desde ayer. –Estiro los músculos.
    -Será que has dormido en una mala posición.
    -O que mi almohada está perdiendo facultades. –Cuando empecé a dormir más a menudo con Marius, empecé también a compararle con una almohada.   
    -¿Tú almohada? No te engañes, a mi me usas como al colchón entero. Anda, como y calla o llegarás tarde a clase.  



Marius


    Han pasado unas horas desde que deje a Melibea en el colegio. Volví a casa y estuve entrenando en el pequeño gimnasio que tenemos aquí montado. Mi teléfono móvil empieza a sonar y en la pantalla aparece el nombre de Mel. Descuelgo.
    -Oye renacuaja, ¿tú no deberías estar en clase?
    -Marius tienes que venir a ayudarme –Le tiembla la voz, es como si estuviera reprimiendo las ganas de echarse a llorar.
    -Mel, ¿estás bien?
    -Sí, sí. Estoy bien, es sólo que… Pues que, hum… Que me ha bajado la regla por primera vez. –Siento como mi preocupación desaparece. ¿No es muy mayor para su primera regla? ¿O muy pequeña? No se, soy un hombre, yo de estas cosas no entiendo.
    -¿Dónde estas ahora? 
    -Me he metido corriendo en el baño de las chicas del primer piso.
    -Voy para allá.
    Cojo una chaqueta y las llaves del coche antes de salir de casa. Es una suerte que tengamos un supermercado tan cerca de casa.
    Bien, ya estoy dentro. Ahora solo necesito adivinar que coño es exactamente lo que necesita Melibea. Joder, ¿y si compro todos y luego que elija ella? Vale. Cojo varias cajas, todas las que puedo llevar encima, y pago. Voy a una velocidad mayor de la permitida, cosa que nunca haría si Melibea estuviera conmigo en el coche. Ya me ha dejado bien en claro que no le gusta que corra. Por suerte no hay mucho tráfico a estas horas y llego más rápido de lo que pensaba. Puede que no debiera  entrar en un colegio con una bolsa llena de “cosas para chicas”. La dejo en el coche y entro en busca de Melibea.
    -Buenos días. Soy Marius Beanato, el hermano del tutor de Melibea Dalaras. Me ha llamado diciendo que no se encontraba bien y he venido para llevármela a casa. ¿Dónde podría encontrar el baño? –Pregunto a la recepcionista que me mira como si no le importara nada de lo que acabo de decir.
    -Al fondo a la derecha –Responde masticando un chicle con la boca abierta.
    -Gracias.
    Voy aligerando el paso hasta el baño y por un momento dudo entre entrar o quedarme fuera. Emergencia o no sigue siendo el lavabo de señoritas, y yo sigo teniendo pene. Al fin me decido a entrar.
    -¿Mel? –Una de las puertas del baño se abre un poco y por ella asoma una mano pequeña, pálida y casi sin uñas.
    -Estoy aquí. –Dice Melibea con un hilillo de voz.
    -Sal, que te llevo a casa.
    -¿Me has traído ropa para cambiarme? –Mierda. Sabía que se me olvidaba algo. Melibea me va a matar.
    -Pues… -Ahora es su perfilada cabecita la que se asoma por la puerta. Sus grandes ojos me lanzan una mirada de pocos amigos. Creo que está intentando estrangularme con la mirada.
    -¡Joder Marius! No puedo salir así... –Veo como sus ojos se llenan de impotencia y, a su vez, de lagrimas.
    -Toma –Le ofrezco mi sudadera- Enróllatela a la cintura para que no se vea nada. Puedes cambiarte cuando lleguemos a casa. –Con una mano coge la chaqueta y vuelve a encerrarse en el baño para volver a salir pocos segundos después.
    -Vamos, preferiría que no me viese nadie ahora mismo.  



Melibea


    Si esto es lo que significa ser mujer, no me gusta.
    Ojala estuviera aquí mi madre para darme esa típica charla madre e hija, pero tenía que ser Marius el que me diera esa charla. Ha sido un momento realmente incomodo. Me ha abordado con miles de paquetes de compresas y tampones, y, sin tener ni idea, ha intentado explicarme el funcionamiento de cada cosa como si acabara de enterarme de la existencia de la menstruación. He estado como una hora entera encerrada en el cuarto de baño. Estoy nerviosa, me incomoda la idea de pensar en que tengo que meterme “eso” “ahí”. Primero tengo que mentalizarme.   
    Salgo del baño sintiéndome un poquito diferente.
    Marius me mira bajar por las escaleras y siento como el calor me sube hasta las orejas. Me siento a su lado.
    -¿Qué tal? –Me pregunta alzando una ceja. No sabía que supiera hacer eso, yo no puedo hacerlo. Lo cierto es que no tengo ninguna habilidad rara. No se mover las orejas, no llego a tocarme la lengua con la nariz, no puedo mover los dedos de alguna forma extraña… Lo único que podría considerarse fuera de lo normal es mi flexibilidad, estoy hecha de goma y sin haber entrenado nunca para ello.
    -Bien, pero no quiero hablar de ello. Nunca más.
    -Me parece genial, tampoco ha sido una experiencia muy agradable para mí.
    Estamos un rato en silencio hasta que Marius decide romper el hielo.
    -Supongo que no querrás que te lleve de vuelta al colegio.
    Apoyo mi cabeza en su hombro y le ofrezco la más dulce de mis sonrisas acompañada por una mirada de angelito.
    -Podrías llevarme a hacer algo divertido –Le propongo. Él me devuelve la sonrisa.
    -¿Qué es para ti algo divertido? –Me pregunta transformando su tierna expresión en una diabólica y juguetona. Mi bajo vientre se queja dentro de mí y suelto un pequeño gemido de dolor doblándome hacia delante, tumbándome encima de Marius. Abrazo mi estómago. Esto no me gusta. Marius posa su mano en mi brazo desnudo.- ¿Estás bien?  
–Su aliento choca contra mi pelo y se me eriza la piel por su repentina cercanía y calidez.
    Me levanto de un salto.
    -Perfectamente. Creo que ya se a donde quiero que me lleves.
    -Ilumíname.
    -Al cine. Nunca antes he ido al cine. –Se que sonará estúpido, pero tengo muchas ganas de ir. Me da igual la película, sólo quiero ir al cine, sentarme en una butaca y comer palomitas saladas.
    -¿De veras nunca has ido? –Parece totalmente incrédulo- He de remediar eso. Espera aquí, tengo que coger unas cosas de arriba. –Marius se aleja rápido por las escaleras mientras yo espero sentada.
    -¿Marius? –Está tardando más de lo normal para coger “unas cosas”. Acaba bajando trotando con una bolsa cargada al hombro. No pensé que para ir al cine fuera necesario llevar algo más que el dinero suficiente. -¿Qué llevas en la bolsa?
    Su cara se ilumina y sus labios reprimen una sonrisa.
    -Es una sorpresa, vamos. –Me coge de la mano y juntos salimos de casa. Su mano se siente cálida junto a la mía.

    Se que muchas veces puede ser bastante insoportable, pero lo compensa con sus estúpidos detalles y me encanta. 

jueves, 30 de julio de 2015

CAPÍTULO 11

Melibea


    No ha estado mal para ser mi primer día. Las clases han sido un completo aburrimiento, pero por suerte Gabriel estaba ahí para hacerlas más amenas. Al salir del colegio Marius me espera ligeramente apoyado en su moto de brazos cruzados. Será capullo, sabe perfectamente que odio esa cosa.
    -¿Quién es ese tío y por qué no me está castigando por ser una chica mala? –Pregunta Gabi. Tardo unos segundos en darme cuenta de que tanto su mirada como la de todas las chicas de alrededor están fijas en Marius. –Nos está saludando. ¿Por qué nos está saludando? –No puedo evitar reprimir una pequeña risa. Marius se acerca a nosotras. Gabriel se queda muy quieta, con la boca entreabierta y con los ojos puestos en él. La entiendo, esa fue más o menos la reacción que yo tuve cuando le conocí. No reaccionar. Marius es el mejor dando buenas primeras impresiones, luego le conoces un poco más y dichas impresiones desaparecen.
    -Gabriel, este es Marius. Marius, esta es Gabriel.
    -Qué tal –Saluda él.
    -Hola –Consigue decir al fin ella.
    -¿Nos vamos?
    -Claro –Respondo. –Adiós Gabi –Me despido de Gabriel con la mano y me subo con Marius a la moto. Antes de que arranque yo ya me he aferrado fuerte a su cintura para no salir despedida y acabar convirtiéndome en una tortilla humana.
    Mi pelo oscuro nada contracorriente por el viento porque claro, no llevo casco, la seguridad no importa e infringir la ley tampoco, al menos para Marius. Cuando voy con él en la moto se vuelve un poco más responsable, aunque sigue dándome algún que otro susto en la carretera. El aire tira de mi falda dejando la mayor parte de mis muslos al descubierto, estos aprietan la cadera de Marius cada vez que acelera. Mi corazón late fuerte contra mi pecho, golpeando su robusta espalda. Mantengo los ojos cerrados durante todo el viaje y no los abro hasta que la moto frena por completo.
    Subimos a casa. Un frenético Zeus nos recibe como siempre en la puerta dando vueltas sobre si mismo y moviendo su colita.
    -¿Cómo vas de hambre? ¿Mucho o poco? –Me pregunta Marius.
    -Me comería un elefante. –Respondo dejando la mochila llena de libros a los pies de la mesa.
    -Genial. –Dice desapareciendo tras la puerta de la cocina.




    Con cinco kilos de más encima me siento en el sofá para asentar la comida. Marius se sienta a mi lado, se levanta, coge el mando de la televisión y se vuelve a sentar. Me quito los zapatos y apoyo las piernas en su regazo. Marius juega con los botones del mando hasta que unos dibujos japoneses aparecen en la pantalla. ¿En serio? ¿Estas cosas no son para niños? Ya sabía que Marius se comportaba de forma bastante infantil a veces pero esto ya es un tanto extraño.
    -Dime que es una broma y que no vamos a ver dibujos animados.
    -Se llama anime –Responde él fulminándome con la mirada.
    -Da igual, quítalo. Me niego a ver como unos dibujitos chinos se lanzan bolas de fuego los unos a los otros mientras gritan cosas que no entiendo.
    -Cuanta ignorancia. Lo primero de todo, como vuelvas a decir “dibujitos chinos” en vez de anime, te echo a patadas de esta casa. Son japoneses no chinos. Y lo segundo, no todos los animes tienen por qué ser para niños, que te quede claro mocosa. –Hago un mohín y me callo, no me apetece discutir.  
    Los subtítulos pasan deprisa y al principio tengo que hacer algún esfuerzo por enterarme de lo que pasa pero pronto empiezo a poder leer y mirar a la imagen casi al mismo tiempo. Lo admito, el anime no tiene porque ser solo una cosa de niños. Nunca antes había pensado en las múltiples opciones que existen para matar a alguien usando una cuchara. He de decir también que en varias ocasiones he tenido que reprimir alguna que otra arcada. No estoy acostumbrada a ver tanta sangre y tantas tripas después de comer.
    -¿Qué te ha parecido? –Me pregunta Marius.
    -Bueno… Aunque si te hace mucha ilusión creo que sería capaz de ver un par de capítulos más.
    Dos horas son las que acabamos pasando sentados en ese sofá. Sin darme cuenta he acabado tumbada y con la cabeza apoyada en las rodillas de Marius.
    -¿Soy cómodo?
    -Para nada, tus piernas están duras. Tienes que engordar, ponte gordito para ser una mejor almohada.
    -Tu si que deberías ponerte “gordita”, flacucha. –Se que estoy muy delgada, pero tampoco quiero ponerme a engordar y acabar pesando trescientos kilos. –Anda, levanta. Hagamos algo productivo. Vamos al cine.
    -¿Estás de broma?  
    -Evidentemente. Venga, muévete pequeño demonio, vamos a la librería. Te invito a un buen libro.


Marius


    Necesitaba quitarme a Mel de encima, empezaba a agobiarme de que con tanto roce acabara por notar algo. Es una chica muy inquieta. NIÑA. Marius, es una NIÑA muy inquieta. Que no se te olvide. Me recuerdo a mi mismo.
    Vamos caminando por las calles de la ciudad a la mejor librería que el ser humano ha podido crear, El laberinto del libro. Entramos y ese olor a tinta, papel recién impreso y mezclado con polvo nos invade. Hileras de estanterías de madera forman los pasillos de este pequeño laberinto. Me gusta mucho esta librería, en ella puedo perderme en la lectura de una forma más literal. Mel tiene la boca entreabierta.
    -Sabía que te iba a gustar. –Le digo al oído. Ha debido de crecer un par de centímetros en estos tres meses, siento que ya no tengo que agacharme tanto para ponerme a su altura, aun así sigue siendo diminuta. Melibea me mira. Su ojo derecho, el azul, es dulce e inspira ternura. El izquierdo en cambio, el marrón, es atrevido y desafiante. Pero ahora sus dos ojos me miran a mí con un brillo especial, acompañados de una sonrisa capaz de robarme la mía. Siento como se forma un nudo en mi estomago y me obligo a apartar la mirada y seguir adelante por el laberinto.
    Avanzamos en silencio. Nos paramos de cuando en cuando para leer la sinopsis de esos libros que nos llaman la atención, ninguno parece que va a formar parte de mi estantería por el momento. Me pregunto si Melibea necesitará ayuda para encontrar algún libro que le pueda gustar. Ya se.
    -Marina –Lee Mel en la portada del libro que le tiendo.- Carlos Ruiz Zafón. ¿Lo has leído? ¿De qué va?
    -Sí, lo leí hace unos años. No te voy a decir de que trata, solo que me gusto mucho. Léelo.
    -Si lo has leído lo tendrás en casa, ¿no?
    -Sí, pero es mío. Este es tuyo. Toma. –Coge el libro con las dos manos y lo examina. Parece que la he convencido.
    -Lo tendré que leer entonces. Pero entonces tú tienes que leer… -Mel se aleja unos pasos buscando entre las estanterías hasta que parece que encuentra lo que buscaba y vuelve. Me tiende un libro con una sonrisa pícara.
    -Lolita. Me estás vacilando.  
    -¿Por qué iba a estar haciéndolo? Yo leeré Marina, bien, pues tú lee Lolita.
    -Oye, mocosa, ¿qué demonios haces leyendo esto? –Mel levanta una ceja, como si no acabara de entender del todo la pregunta.
    -Estaba en la biblioteca, lo cogí, lo leí, me gusto y ahora quiero que lo leas tú. –No es ninguna indirecta. Claro que no, relájate pedazo de capullo.  
    -De acuerdo, vamos entonces. –Acepto, tampoco tiene por que estar mal. Quizá incluso me guste, espero que no. Si me gusta podría dar a pensar cosas equivocadas que no me gustarían que nadie pensara. Tampoco quiero pensarlas yo.
    Cada cierto tramo en el pequeño laberinto hay una caja. Pago los dos libros y volvemos a casa.  








Marius


    Pedimos una pizza para que no tenga que cocinar, estoy cansado y ya se ha hecho tarde.
    En lo que traen nuestra cena decido darme una ducha, que no me vendría nada mal. Tampoco me vendría nada mal un buen chorro de agua fría en… Bueno.
    Salgo del cuarto de baño envuelto en una toalla de cintura para abajo. Entro en mi habitación. Adiós toalla, hola arrepentimiento. Mel abre la puerta de golpe.
    -Oye Marius donde tienes el dinero para… -Sus ojos se abren como platos. Los dos nos quedamos unos segundos sin reaccionar y los ojos de Mel se clavan en lo que debería estar cubriendo la dichosa toalla- Oh Dios, yo eh… Lo siento, yo… -Y sale de la habitación con las mejillas ardiendo.
    Bajo al salón, ya con camiseta y calzoncillos, pensando en lo que puedo decir. Melibea está sentada en uno de los sillones, muy rígida y con la cabeza gacha. Sigue roja como un tomate. Debería sentir vergüenza pero lo cierto es que esta situación me parece bastante cómica.
    Me siento en frente de ella sin saber como romper el hielo.
    -¿Cómo has pagado la pizza? ¿Encontraste la cartera?
    Asiente.
    -¿No tienes hambre?
    Niega con la cabeza.
    -¿Quieres hablar de lo que acaba de pasar?
    Vuelve a negar rotundamente con la cabeza.
    -Vale. Aun que bueno, es algo normal. Una parte más del cuerpo de un hombre. Un poco encogida por el frío, todo hay que decirlo porque…
    -¡Ay Marius, en serio, no quiero hablar de tu pene! –Melibea se muerde el labio y no me queda en claro si se esta controlando para no echarse a reír. –Es enano. –Y entonces empiezan las carcajadas.
    -Maldita mocosa, ya te he dicho que hacia frío. –Le tiro un cojín a la cabeza.
    -Au. –Lo recoge del suelo- No te engañes, estamos a unos veintiséis grados.
    -Veintiséis. Ese número me recuerda a lo que mide el poderoso mini Marius.
    -¿Veintiséis milímetros? Yo diría que un poco menos.
    -Estás hecha una graciosa. Las mías son de las que luego crecen, ¿vale? –Cualquiera diría que soy un mentiroso, pero hablo muy en serio. Mel es una exagerada. – Puede decírtelo la rusa que ha estado aquí esta mañana, por ejemplo. Además, qué vas a saber tú de cuanto es mucho o poco, mocosa.
    -Espera, ¡¿qué?! Arg Marius, ¿en tu cama?
    -En el sofá.
    -Eres asqueroso, te odio. No voy a poder volver a sentarme en ese sofá nunca más. –Se que no lo dice en serio.
    -Puse una sabana debajo, ahora calla y come.
    Cenamos y subimos a la cama. Estoy tan cansado de no hacer nada… Mel por el contrario no parece muy cansada sino fuera de lugar. Ya tumbados en la cama Mel me pregunta:
    -¿De verdad se siente bien el sexo? -¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Es que me va a tocar dar el típico discurso sobre la sexualidad?
    -Sí, pero no tengas prisa por descubrirlo. Y si quieres no llegar a descubrirlo nunca, por mi genial.
    Las comisuras de su  labio se levantan a la fuerza. No se si estoy en territorio peligroso.
    -Pero… ¿A las chicas también les gusta?
    -¿Te da miedo que no te guste el sexo? –Mel entierra la cara en su almohada, es decir, en mí. Sí, me he convertido en una almohada. –Oye, no te preocupes por eso ahora. Cuando llegue el momento ya lo descubrirás. Y no tiene por que ser ahora. En serio, no te metas prisa con eso, sigues siendo una niña. –Le doy un beso en la coronilla. –Descansa, Mel.
    -Buenas noches Marius.
   










domingo, 21 de junio de 2015

CAPÍTULO 10



Melibea

    Solo faltan dos días para que empiece el instituto y estoy aterrada. Nunca he sido muy fan de estudiar. En el colegio evitaba a mis compañeros y ellos me evitaban a mí. No quiero volver a aislarme y tener que estar sola.
    Antoni me ha matriculado en un colegio mixto en que el tengo que llevar este uniforme. Me miro en el espejo del probador. Medias, zapatos, falda y jersey negro, camisa blanca. Me faltan las dos trenzas para que empiecen a llamarme Miércoles Addams
    -¿Cómo vas Mel? –Pregunta Antoni tras la cortina que nos separa. La abro de golpe. Antoni y Marius se quedan mirándome fijamente hasta que Marius estalla en risas. Su hermano mayor le da una colleja.
    -Estas guapísima. Te queda perfecto.
    -Qué mentiroso. No estaría mal que te cortaran un poco la falda, pareces una monja. Y cógete la camisa y el jersey de una talla menos, te están demasiado holgados.
    -Marius, es una niña, no una fulanilla de esas con las que te acuestas.
    Aunque me cueste admitirlo, Marius tiene razón. Esta falda es kilométrica.
    -Puede que si sea un poquito larga… A lo mejor se podría cortar un par de centímetros –Me sienta mal ir en contra de Antoni.
    -Bueno, pues cámbiate y vamos a que te la corten.
   

Marius

    Puedo ver los nervios de Melibea por empezar mañana en su nuevo instituto. No deja de morderse las uñas y de dar vueltas por toda la casa. Es una putada, Antoni se va a trabajar a las ocho y Melibea empieza a las nueve lo que significa que me va a tocar llevar a Mel al colegio día sí y día también.
    Estoy un poco preocupado por ella. Es muy fuerte, y eso está bien, pero es muy tímida con la gente a la que acaba de conocer. No me gustaría que Mel no hiciese amigos el primer día. Seguro que se pondría muy triste y dejaría de querer ir a clase. Eso sí, como me entere de que alguien le hace algo…
    Pongo la cena recién hecha encima de la mesa.
    -¿Es solomillo con ciruelas lo que huelo?
    -Elemental, querido Antoni.
    Nos sentamos los tres a la mesa con nuestros estómagos rugiendo, pidiendo comida. Empezamos a cenar y el tema del instituto no tarda mucho en salir.
    -¿Estás nerviosa Melibea? –Le pregunta Antoni a Mel.
    -No. –Mentirosa- ¿Y tú? ¿No te da miedo viajar en avión? 
    Mi hermano se va mañana tres días a Alemania. Trabajo, como siempre.
    -Al final te acabas acostumbrando. –No se como Antoni puede subirse tan tranquilo a un avión. Yo les tengo pánico. Cuando viajo alguien siempre acaba por drogarme, suele ser la mejor opción.
    -Mel, tengo una gran noticia para ti. Te toca fregar los platos.
    -¡¿Pero qué dices?! ¡Si los fregué yo ayer!
    -Doy fe de ello –Interviene Antoni.
    -No, yo me niego a fregar los platos. Encima de que os hago la cena, desagradecidos. Soy el cocinero, el cocinero nunca friega sus platos. Sería caer muy bajo. –Replico.
    -Pues creo que te vas a caer –Dice Antoni levantándose de la mesa y dejando bien claro a quien le va a tocar recoger la cocina esta noche.




    Me tiro en la cama de golpe, Mel viene detrás.
    -Hazme un hueco.
    -¿Duermes conmigo?
    -Sí, sino corro el riesgo de que te encierres a traición en tu habitación por la mañana con tal de fastidiarme para no llevarme a clase.
    -Siempre me quedará la opción de encerrarte aquí conmigo –Acerco mucho mi cara a la suya. Melibea me aparta con un manotazo.
    -Deja de hacer el idiota. Se que te cuesta, ya que eres idiota, pero creo que al menos podrías intentarlo.
    -Anda, que es tarde para discutir. Vamos a dormir-
    -Bien. Buenas noches Marius.
    -Buenas noches Mel.





Melibea

    Mi mano ha quedado atrapada por el inmenso y pesado cuerpo de Marius. Mierda, a ver como la saco de ahí sin despertarlo. ¡Qué molesto! Se me está empezando a dormir la mano. Gírate, por favor, gírate, Lo empujo un poco y el se revuelve en la cama. ¡Al fin! Mi mano ha sido liberada. Qué alivio, yo ya me estaba agobiando.
   



    -¡Venga! ¡A despertar bestias durmientes! –Grita Antoni levantando todas las persianas de la habitación de Marius. Es la primera vez que siento verdaderas ganas de darle un puñetazo- Mel, desierta. Quiero hacerte una foto de tu primer día en el cole.
    -Joder Antoni… Aunque parezca que tiene tres años, no significa que los tenga.
    Ignorando su comentario me cubro los ojos con la sabana.
    -Adelante Marius –Escucho a Antoni decir.
    Algo, mejor dicho, alguien agarra  mis tobillos y me tira fuera de la cama. Aterrizo en el suelo con el culo.
    -¡Au! Si ya iba a levantarme… - Me levanto del suelo con el trasero aún dolorido. Voy al baño y al salir les doy un manotazo a los dos italianos en el brazo que se ríen mirándome.
 



    Marius me espera en el salón para llevarme a clase. Tiene la cámara preparada a petición de Antoni.
    -Sonríe –Me dice poniendo una mueca divertida. Clic.
    Tengo el estomago cerrado por los nervios y solo me entra un vaso de leche con colacao.
    Ya estamos en frente de la puerta del colegio. Veo a muchos chicos y chicas vestidos como yo. Los chicos con pantalones, evidentemente. La mayoría va en grupos y todos van entrando por la puerta principal. Creo que voy a vomitar.
    -¿Quieres que entre contigo? –Me pregunta Marius.
    -No, no hace falta.
    Salgo del coche y entro en el colegio. Siento que todas las chicas clavan en mí sus ojos y hablan entre ellas. No se si eso debe de ser muy bueno.
    Sigo al gentío y acabo entrando en el gimnasio del colegio donde todos los alumnos se sientan en las gradas. Yo tomo asiento en una fila casi vacía y dejo la mochila en mis pies. Las gradas se van llenando más y más, pero nadie se sienta a mi lado. Entonces la directora del centro, una señora bajita y con el pelo encanecido por la edad, se sube a una improvisada tarima de madera con el micrófono en la mano.
    -¡Buenos días alumnos y alumnas del colegio Sant Beda! Veo que hay caras nuevas entre nosotros… Espero que os comportéis con ellos como si llevaran toda la vida con nosotros y les deis una calurosa bienvenida. Se que todos estáis deseando empezar las clases… -Un murmullo envuelve el gimnasio- Silencio por favor. Como ya sabréis…
    La directora es interrumpida una segunda vez. Un chico y una chica entran haciendo un gran estrépito y riendo a carcajadas. Todas las miradas de la sala se clavan en ellos.
     -El señor y la señora Fernández, que inusual en ustedes llegar tarde.
     -Lo sabemos. Verá, es que de camino aquí nos hemos encontrado con una ancianita que necesitaba nuestra ayuda para cruzar la calle, pero de repente ha aparecido una nave espacial que...-Empieza a decir la chica,
     -Claro que sí Gabriel, siéntense por favor. -Corta la directora. El chico le dedica un saludo militar y los dos se dirigen a los únicos asientos libres.
     -Mira Alex, carne fresca. -Dice ella sentándose a mi derecha, él se sienta a mi izquierda.
     Yo me encojo en mi asiento.
     -¿En qué curso estás? ¿Primer año? -Me pregunta el pelirrojo.
     -Tercero. -Respondo.
     -¡Genial! Entonces estaremos en la misma clase, lo se. Es que soy bruja. -Dice.- Yo soy Gabriel, y este es mi hermano Alex.
     Alex me dedica una sonrisa de dientes blancos. Es alto y delgado, pero se le ve un chico atlético. Tiene los ojos verdes y la tez rosada, como su hermana. Él y Gabriel son realmente parecidos.
     -¿Sois gemelos? -Decido preguntar.
     -Vaya, la gente suele presentarse antes de preguntárnoslo -Mis pómulos se encienden- Solo estaba bromeando. Mellizos, somos mellizos.
     -Entonces... -Empieza a decir Alex mirándome.
     -Ah sí, claro, perdón -Mierda, no se por que estoy tan nerviosa- Me llamo Melibea.
     -¿Melibea? ¿Eso de dónde es?
     -Grecia.
     -¿Eres griega? -Preguntan los mellizos al unisono.
     -Sí. -Sonrío.
     La directora sigue y sigue hablando sin que nadie ya le preste atención.
     -¿Y sabes hablar griego? -Preguntan otra vez al mismo tiempo. La verdad es que da un poco de miedo pero yo asiento y me río.
     -¡Qué pasada! Di algo en griego. -Gabriel parece realmente entusiasmada. Odio que me pidan hablar en mi idioma natal, nunca se que decir. Me es bastante incomodo.
     -¿Qué quieres que diga?
     -Di "Alex Fernández es el hombre con el que cualquier mujer querría echar un polvo"
     -Mejor di "Alex Fernández es el hombre más gay con el que cualquier simio descerebrado querría pasar un buen rato". -¿Alex es gay? No creo. Unas voces femeninas ríen a nuestras espaldas. Me giro y me encuentro con tres chicas, todas rubias, mirándonos con aire de superioridad.
     -Perra mala. Sofía, deja de ladrar -Alex no parece afectado pero su hermana luce bastante cabreada. Creo que está intentando controlar el impulso de saltar y arrancarles la cabeza. La pelea acaba antes siquiera de empezar y todos nos centramos en la voz de la directora.
     -Y ahora los profesores procederán a llamar a cada alumno y deberán ir bajando para dirigirse junto con él o ella al aula correspondiente.
     Los profesores llaman a sus alumnos y estos bajan de las gradas junto a ellos y se van a su clase.
     -Melibea Dalaras. -Yo, Les dedico una pequeña sonrisa a Alex y a Gabriel y bajo con mi profesora. Espero que, como ha dicho Gabriel, estemos en la misma clase. Mi profesora es una señora robusta de pelo rubio teñido y rostro amable. -Gabriel Fernández. Jaime Garces.
    Qué miedo, a ver si al final resulta que de verdad Gabriel es bruja. Pero, ¿y Alex? Pensaba que serían como un pack... Es una pena.
    Somos alrededor de veinte alumnos en mi clase, entre los cuales está la chica esa tan desagradable de antes. Me siento al lado de Gabriel. No tiene libros, ni mochila, ni siquiera un bolígrafo para apuntar. Lleva el pelo rizado enredado en un moño y tiene una rasta que le llega hasta el pecho, adornada con un abalorio plateado. La profesora se pone en pie.
    -Muy buenos días a todos. Esperen, ¿la mayoría son mujeres? -Toda la clase ira a su alrededor y asiente. Trece chicas, nueve chicos.- Pues lo lamento, varones. Hablo en femenino.
    Todos los chicos refunfuñan mientras las chicas sonríen satisfechas. Creo que me va a caer bien esta mi nueva profesora.



Marius 


     Hace un buen rato que he dejado a Mel en el colegio. Me pregunto qué tal le irá. Me tiro en el sofá del salón sin absolutamente tener nada que hacer, cojo el móvil. Voy a mi agenda de contactos en WhatsApp y miro los nombres y la foto de perfil de las chicas que se que todavía no me quieren ver muerto. Carlota, Carolina, Marta, Sara... Hum Saskia. Sí, me acuerdo de ella. Era una rusa que conocí hace un par de semanas. Podría llamarla, así tendría algo que hacer a parte de no hacer nada. 
     -¿Saskia? Soy Marius. Si. Pues claro que pensaba llamarte, ya me ves. Deja lo que estés haciendo, te paso a buscar y tomamos algo en mi casa. Si. Venga, Hasta ahora. 
     Salgo de casa y cojo la moto para ir a la dirección que me ha dicho la rusa. Qué fáciles que son algunas tías. Así no mola. El polvo se disfruta siempre mucho más si antes te has trabajado bien a la chica. 



    Cierro la puerta de la entrada de un portazo mientras beso a Saskia con mucho hambre. La empotro contra la pared y mis manos desabrochan los infinitos botones de su camisa. Al final esta cae al suelo. Saskia tira de mi camisa por encima de mi cabeza. La ropa empieza a acabarse. La llevo hasta el sofá y ella es la que se tumba encima de mí. Hago el ademán de levantarme, pero Saskia me tumba de nuevo. 
    -Espera, tengo que ir a por un... -Sus labios devoran los míos. 
    -No te preocupes por eso. -Vale. 
    He de decir que su acento hace que la desee más. La penetro con mis manos en sus caderas, ella se mueve lujuriosa encima de mí. 
    Los dos nos acercamos al orgasmo y, justo antes de llegar, un pensamiento brota en mi cabeza. Melibea.  











Aqua.

                                                                      Melibea 

    La luna tiembla en el agua. Marius está de espaldas a mí, dentro de la piscina. Yo me acerco. Dejo que los pantalones caigan al suelo, seguidos de mis bragas y de mi camiseta. Estoy desnuda, Marius se gira y me observa en silencio. Me siento en el borde de la piscina y meto los pies en ella. 
    -¿No entras? -Pregunta Marius. 
    -No se, el agua está demasiado fría. -El agua está en su temperatura ideal, ni muy fría ni muy caliente. Marius abraza mis piernas y besa primero una de mis rodillas, luego la otra. 
    -Yo podría calentarla para ti. 
    -Me gusta ser yo quien la calienta. 
    -¿Seguimos hablando del agua? -Tengo que morderme el labio para intentar reprimir una sonrisa. -Ven aquí. 
    Rodea con su brazo mi cintura y me mete con cuidado en la piscina. Un escalofrío recorre mi espalda y mis pezones se endurecen. Marius me presiona con su cuerpo contra el bordillo. Sus ojos se clavan en los míos, nuestras narices se tocan y siento su entrecortada respiración en mis labios. Su bañador se aleja flotando en el agua. Mi libido se enciende con el suyo. Presiona más su pene erecto contra mi monte de Venus. Con mi mano cojo su miembro y lo llevo dentro de mí. Marius cierra los ojos. Respiro contra sus labios y poso un suave beso en ellos. Se mueve despacio, como si quisiera sentir cada estocada al máximo y el mayor tiempo posible. El agua que nos rodea tiembla con nuestros movimientos. Marius atrapa mi cara entre sus manos y me besa. Nuestras lenguas se encuentran y se mueven juntas. La mano izquierda de Marius baja hasta mi clítoris y con su dedo anular lo masajea, ahogo un gemido dentro de su boca. Mis piernas tiemblan y, antes de que me hunda más en el agua, él me sujeta por la cintura dándome estabilidad. Acabo por enrollar mis piernas en su cadera, así es más fácil. Sus estocadas aumentan la velocidad y mis músculos se contraen en respuesta. Lo abrazo y entierro la cabeza en su cuello. 
    -Marius... -Susurro. Clavo los dientes en su hombro como señal de placer. Él gime y me presiona más contra él. 
    Nuestras lenguas vuelven a encontrarse. Marius atrapa mi labio inferior con sus dientes y tira de él suavemente. 
    -Mel, ¿qué me estas haciendo? -Sus ojos me miran llenos de dulzura. Gruñe. 
    Marius acaricia mis pechos debajo el agua y pellizca mis pezones. Yo suelto una pequeña risita. Mis dedos repasan sus ejercitados abdominales. Se acerca a mi oído y me muerde la oreja. Se me eriza toda la piel. Siento como mi corazón se acelera. Nos movemos juntos, su respiración es más fuerte que antes. El calor inunda mi bajo vientre y se expande por todo mi cuerpo. De mi boca se escapan varias palabras prohibidas. Llego al orgasmo antes que Marius, que me besa alcanzando su propio placer regando mi sexo con su semilla. Salimos juntos del agua. Él cubre su cintura con una de las toallas y coge otra para mí y me enrolla en ella abrazándome. Planta un beso en mi frente. 
    -Venga, vamos a dormir renacuaja. 





jueves, 28 de mayo de 2015

CAPÍTULO 9

Melibea


    Al abrir la puerta de mi habitación por la mañana me encuentro con un Marius dormido y espatarrado por el suelo. Se que tengo que despertarle para ir a buscar en un rato a Antoni, que vuelve hoy de la India por fin, pero no sin antes hacerle una foto con el móvil que me compró él mismo el otro día. Se podría decir que es solo para emergencias, en mi agenda de contactos solo aparecen Antoni y Marius. Perfecto, ya puedo despertarle. Con el pie le doy varios toques en el pecho llamándolo.
    -Marius, despierta. Tenemos que ir a recoger a Antoni al aeropuerto.
    Abre los ojos y pestañea varias veces. Se ve desconcertado, como si no supiera que hacía durmiendo frente a mi puerta. Lo cierto es que creo que realmente no tiene ni idea de qué está haciendo aquí.
    -¿Qué hora es?
    -La hora de que levantes el culo, me prepares el desayuno y vayamos a recoger a tu hermano.
    Marius se levanta del suelo y baja al primer piso pasando por mi lado, rozando su brazo contra el mío.
    -Mel, ¿dónde están David y Chavela? –Grita.
    -No se, debieron irse después de que te quedaras dormido frente a mi puerta –Respondo.
    -Voy a darme una ducha.-Creo que me he quedado sin desayuno. Bueno, mejor porque en estos días habré podido engordar ocho kilos. A Marius le gusta mucho cocinar y lo hace realmente bien.




    Que nervios, tengo muchas ganas de ver a Antoni. Marius y yo subimos a su coche, un Aston Martin DB9 gris, al parecer no solo tiene moto, y el panoli de él nos hizo ir en metro el otro día al centro comercial… Conduce de forma mucho más temeraria que Antoni, tengo que aferrarme al mango de la puerta en cada volantazo para no salir volando del asiento. Pulsa un botón de la radio y una canción techno empieza a sonar. Hago una mueca.
    -No me digas, solo te gusta la música de Justin Bieber –Dice rodando los ojos.
    -No pensé que fueras tan idiota de confundir la música con el ruido –Digo yo contraatacando.
    -Tienes razón, Justin Bieber es ruido. No sabe cantar, solo chilla frente al micrófono.
    No soy fan de la música de Justin pero siendo Marius el que se meta con él hace que quiera sacarle los ojos.
    -¿Llamas a Justin ruido? Oh, es verdad. Son mucho mejores estos “cantos celestiales” enviados por los ángeles hasta nuestros dichosos oídos.
    -¿Es necesario que seas tan repelente, mocosa?
    -¿Es necesario que seas tan idiota, idiota? –Marius pone los ojos en blanco.
    -No respondas a mi pregunta con otra pregunta, es muy frustrante. Ya hemos llegado.
    Marius aparca cerca de la entrada del aeropuerto. Sale del coche con desgana, normal. Luce cansado, con grandes sombras oscuras bajo los ojos.
    En el aeropuerto gente de todas partes del mundo viene y va cargada con maletas. Busco a Antoni con la mirada mientras intento abrirme paso entre el gentío. Vestido con vaqueros, la camisa remangada hasta los codos y hablando por teléfono. No es hasta que me ve que cuelga el teléfono y lo guarda en el bolsillo del pantalón. Acelero el paso, Antoni también viene hacia mí. Con pocos centímetros separándonos, me lanzo a sus brazos. Mis pies ya no tocan el suelo. Siento como si hubiesen pasado siglos desde la última vez que nos vimos.
    -Me alegro mucho de verte.-Su cálido aliento roza mi cuello.
    Con delicadeza, me posa de nuevo en el suelo. Marius aparece detrás de mí.
    -Joder Antoni, en una semana te nos has vuelto un conguito –Tiene razón, la piel de Antoni se ha tostado bastante. A su lado parezco un fantasma. Los tres reímos.
    -Vamos, os invito a comer. Me muero de hambre, en el avión no había más que cacahuetes asquerosos. Odio los cacahuetes.
    Entramos todos en el coche y Antoni se sienta detrás conmigo. Me cuenta todo lo que ha visto en la India. Yo lo escucho con atención sin apartar los ojos de él, Marius nos mira de cuando en cuando por el espejo retrovisor. Estoy contenta de que Antoni esté de vuelta, empezaba a dudar sobre si sería capaz de soportar las estupideces de Marius sola.




    Ya por la noche, nos vamos a dormir. Directamente, olvidándome de mi cuarto, voy junto con Antoni a su habitación. Llevo puesta una camiseta que me ha dejado Marius, la mía se está lavando. Sí, me compré ropa y trajes de baño pero ningún pijama.
    -Aunque esa camiseta parece muy cómoda, creo que deberíamos comprarte algún pijama. Y muebles, también necesitas muebles.
    No se que contestar a eso. Yo estoy bien con mi cama, que apenas uso, y las camisetas no tienen nada de malo, excepto que son de Marius. Parece que le hace ilusión tenerme aquí, cuidarme y comprarme cosas. Me siento como su muñeca personal, pero no me importa, me gusta. Además, ya tengo mucho cariño por Antoni.
    -¿Te ha hecho sufrir mucho mi hermano mientras no estaba?
    Una leve risa se escapa de mi boca.
    -Puede que yo le haya hecho sufrir a él.
    -Eso espero.
    Ambos reímos hasta que acabamos por quedarnos dormidos, cada uno en su lado correspondiente de la cama.


Marius


    Es extraño. Siento que algo pequeño, refunfuñón y delgado falta en mi cama.  

domingo, 10 de mayo de 2015

CAPÍTULO 8

Melibea


    Hoy nos hemos ido relativamente pronto a dormir. Me acuesto en la cama con los brazos y las piernas entumecidas. Marius no me ha dejado salir del agua hasta que he podido mantenerme a flote yo sola.
    En cuanto mi cabeza toca la almohada, caigo rendida y me olvido de las pesadillas que se que tendré esta noche como todas.
    Despierto empapada en sudor, con el corazón en la boca. Intento volver a dormirme pero es en vano. Tengo miedo. No puedo cerrar los ojos sin ver su cara de psicópata, viene a por mí. Salgo de la cama con cautela. Voy corriendo con pasos cortos hasta la habitación de Marius. Ojala Antoni estuviera aquí, ya falta menos para que vuela.
    -Marius, ¿estás despierto? –No hay respuesta. Me acerco más a su cama- Marius, ¿estás despierto?
    -No…
    Miro el reloj de su mesita de noche, las cuatro de la mañana.
    -Puedo… -Carraspeo- ¿Puedo dormir contigo?
    Marius abre un ojo. Por un momento pienso que me va a echar a patadas.
    -Yo es que soy más de invitar a cenar primero, pero creo que puedo hacer una excepción.
    Antes de acostarme a su lado me derrumbo. Lloro desconsoladamente sin darle importancia a que Marius este presente.
    -Ey, que si quieres yo te invito a cenar.
    Marius me recuesta en su pecho y con sus grandes brazos me arropa. Su camiseta se llena de mis lágrimas. Me da miedo que las pesadillas siempre me acompañen.
    Estamos así unos minutos más hasta que me calmo. Me acuesto a su lado, separándome de él.
    -¿Mejor? –Pregunta mirándome. Yo asiento. -¿Quieres contarme que pasa?
    -Mi padre era… y mi madre… -Mi voz pierde intensidad a medida que hablo- Murió protegiéndome. 
    -Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez. Marius me mira con sus labios formando una línea recta y el ceño fruncido.
    -Eres la hija de Adara, ¿verdad? –Escuchar el nombre de mi madre hace que sienta una punzada en el corazón.
    Marius chasquea la lengua y me vuelve a abrazar.
    -Conocí a tu madre, era muy amiga de Antoni. Era muy guapa y tenía una sonrisa preciosa, seguro que la tuya lo es incluso más. ¿Por qué no me la enseñas?
    Me encojo más entre sus brazos, ya no puede verme llorar.
    -Estoy seguro de que le hubiese gustado verte sonreír. Puede que hayas sufrido mucho pero ahora estás aquí conmigo y te prometo que nadie volverá a hacerte daño mientras yo esté contigo.


Marius


    Despierto con un pequeño demonio dormido sobre mi pecho. Sus piernas apenas llegan a mis rodillas, respira tranquila. Han pasado cuatro días desde que Mel se sincero conmigo, todavía no se como debo actuar.
    Melibea se revuelve encima de mí y acaba tumbada a mi lado.
    Me levanto a preparar el desayuno. A mi me encanta cocinar. Desde pequeño mi padre me llevaba a su restaurante. Allí me sentaba en un rincón de la cocina y miraba como cocinaban él y sus pinches. Por las noches, cerrábamos juntos el restaurante, íbamos a la cocina y con la toque blanche en la cabeza me dejaba ayudarle a preparar alguno de sus muchos postres deliciosos. He de admitir que por aquella época yo estaba bastante rellenito. Nos sentábamos en una de las mesas y compartíamos la comida. Antoni, en cambio, pasaba más tiempo con mi madre, él no disfrutaba tanto como yo con el restaurante.
    Meto la masa de los brownies en el horno, también preparo batido de frutas y huevos revueltos con tostadas.  
    Melibea entra en la cocina.
    -¡Buenos días! ¿Te apetece desayunar?
    Ella sonríe y asiente con la cabeza. No parece muy contenta, pero estoy dispuesto a cambiar eso. Le sirvo el desayuno.
    -Gracias –Dice. Yo le hago una ridícula y ostentosa reverencia como sinónimo de gracias.
    Desayunamos con la tele encendida, así evitamos posibles silencios incómodos. Melibea sigue solo vestida con una ya desgastada y grande camiseta.
    Me siento en frente de Mel. Ella le da un sorbo a su batido, ahora tiene un adorable bigotito rosa sobre el labio que no dura mucho, su lengua lo hace desaparecer.
    -¿Por qué odias los pantalones?
    Parece sorprenderle mi pregunta y se sonroja al ver que mi mirada está clavada en sus piernas desnudas.
    -No se, supongo que me hacen sentir limitada. Como si no pudiera echar a correr si lo necesito.
    -¿Y por qué llevas camiseta? Las camisetas también limitan el movimiento. Es más, yo creo que deberías ir completamente desnuda. ¡Au!
    Mel me lanza una patada por debajo de la mesa.
    -Y yo creo que cierta micro parte de tu cuerpo limita el riego de tu sangre haciendo que no te funcione bien el cerebro.
    Me río.
    -¿Quieres que sigamos con las clases de natación? Por cierto, esta noche vienen unos amigos a cenar a casa.


Melibea


    La noche llega.
    Tengo curiosidad por saber como serán los amigos de Marius. El telefonillo suena y él responde. La puerta se abre y un hombre aparece junto con una mujer.
    El hombre no es muy alto. Muy latino; piel morena, pelo castaño y ojos marrones. La mujer en cambio tiene unos rasgos de los exóticos. Tez pálida, pero sin llegar a ser translucida como yo, pelo rizado y negro azabache. Sus ojos son tan oscuros que me pregunto si siquiera tiene pupila. Entran sonriendo, con mucho ánimo.
    -¿Cómo estás tío? –Marius y el hombre se abrazan de forma amistosa.
    -Hola David –Ahora Marius se dirige a la mujer- Chavela.
    -Hola Marius.
    Marius y Chavela también se abrazan, con más afecto. Con demasiado afecto… Hasta ahora no había pensado en la posibilidad de que Marius tuviera novia. Mi pecho se encoje.
    Los tres clavan en mí sus miradas.
    -Chicos, ella es Melibea.
    -¿Melibea? ¡Vaya! Que nombre tan bonito. Encantada, yo soy Isabella pero puedes llamarme Chavela –Me ofrece su mano, se la estrecho.
    -O sea que tú eres quien ha convertido a Marius en un incomunicado –Dice mientras me ofrece una amplia sonrisa- Yo soy David.
    Me quedo un poco trastocada. Sigo pensando en la clase de relación que pueden tener Marius y Chavela. Ella es una chica guapísima, seguro que a Marius le encanta. Es entonces cuando David y Chavela se cogen de la mano. Una sensación de alivio inunda mi pecho aunque tampoco es que me importe mucho la vida sentimental de Marius… Por supuesto que no.
    Los cuatro nos sentamos en la mesa.
    Empezamos a comer, ellos tres hablan juntos sobre cosas varias pero yo no participo en la conversación y como en silencio.
    -Y bien, Melibea. ¿He de suponer que eres griega? –Me pregunta David.
    -Sí, de Atenas.
    -¡Yo estuve allí de viaje de fin de curso al terminar en el instituto! –Comenta Chavela- ¿Tu nombre tiene algún significado? Estando allí conocí a un chico, Megálo Péos, nunca me dijo su significado pero se que tenía uno.
    Me entra la risa. Los tres me miran desconcertados.
    -Perdona –Empiezo a decir procurando mantener la compostura- Es que… Digamos que no significa algo apropiado para comentar en público.
    -Bueno, ahora no estamos en público. No realmente. –Dice Marius.
    -Significa… eh… Gran pene.
    Chavela, David y Marius estallan en risas.
    -Te dije que lo único que quería ese tío era meterse en tus bragas –David mira a Chavela, quien hace un mohín, y le da un beso en los labios- Alguien debió decirle que solo yo puedo meterme en ellas.
    Chavela le da un golpe cariñoso y rabioso a la vez en el brazo. Yo me sonrojo mientras Marius observa la escena divertido.
    -¿Qué significa Melibea pues?
    Me muerdo el labio.
    Respondo a su pregunta en un susurro inaudible.
    -¿Cómo?
    -La que cuida de los bueyes…
    Marius se atraganta bebiendo agua y Chavela le lanza una mirada asesina.
    -Bueno, tiene su sentido –Empieza Chavela- te toca cuidar de Antoni y Marius.
    Reímos y el aludido se hace el ofendido.
    Traspasamos la “fiesta” al sofá. Marius saca unas botellas de alcohol y prepara unos cócteles, a mí, en cambio, solo me sirve una coca-cola.
    -He hecho mis deliciosas galletitas –Dice Marius alargando mucho la “o” de deliciosas y dejando sobre la mesa una bandeja llena de pequeñas galletitas redondas cubiertas con chispitas de chocolate.
    Chavela aplaude emocionada. Es gracioso, los adultos son más niños que los propios niños.
    Dos cócteles y seis galletitas después, se anima la cosa.
    Las risas aumentan y las conversaciones cada vez son más absurdas.
    -¿Sabéis que sería genial? Darse un baño en la piscina de noche, ahora. –Propone Chavela.
    -¡Sí! –Responden los otros dos al unísono.
    -¡Tonto el último!
    Los tres salen disparados por las escaleras hasta la piscina, les sigo. Cuando llego arriba me encuentro a David despelotándose. Aparto rápidamente la mirada con las mejillas encendidas. Marius se para a mi lado.
    -Tranquila, se ha dejado los calzoncillos. –El mejor amigo de Marius corre hasta su novia, la carga sobre sus brazos y juntos se tiran al agua. Retrocedo por culpa de las gotas que me han salpicado y me choco con un Marius sin camiseta. ¡¿Cuándo demonios se la ha quitado?! Sus ojos me miran desde su inmensa altura con picardía, ya veo sus intenciones. Marius imita a David y me coge en brazos. Intento zafarme de su agarre pataleando.
    -¡Marius! ¡Marius ni se te ocurra! –Al agua patos.
    Salgo a coger aire seguida de ese idiota pretencioso y borracho. Le salpico a modo de venganza pero a él no le importa lo más mínimo. Mientras en el otro lado de la piscina Chavela y David se besan como si no tuvieran mañana.
   

Marius


    Melibea se dirige furiosa a las escaleras para salir de la piscina. La alcanzo e intento detenerla.
    -Venga Mel, espera. No te enfades.
    La tomo de la cintura por debajo del agua. Mis dedos se cuelan por debajo de su camiseta que flota en es agua y acarician su piel desnuda. Por un segundo mi mente deja mi cuerpo y el mundo se para a mi alrededor. Mel se gira, sube las escaleras y sale de la piscina. Voy detrás de ella que se ha sentado en una de las hamacas. Cojo una toalla y se la pongo encima de la cabeza. Ella asoma sus ojitos, verde y azul.
    -Sécate o te vas a resfriar.
     Se envuelve en la toalla y deja sus zapatos en el suelo. Sin mirarme, entra otra vez en casa.

    Sigo a Melibea sin que ella parezca percatarse, voy dejando las huellas de mis pies a medida que ando. Espero que no esté enfadada conmigo. Entra en su habitación cerrando la puerta tras ella. Puede que debiera entrar y hablar con Mel sentados en su cama. Luego ella empezaría a quitarse la ropa mojada y… ¡Joder no! ¿Qué coño me pasa en la puta cabeza? Es una jodida cría, ni siquiera tiene tetas aún. Necesito echar un polvo ya. 

domingo, 19 de abril de 2015

Pequeño Demonio

 



Hola!! Quería deciros que he empezado a subir el libro de Marius y Melibea "Pequeño Demonio" a Wattpad. Puede que a muchos os sea más cómodo seguir leyendo su historia mediante esta aplicación :)  Aquí os dejo el link: Wattpad Marta M. O'Callaghan

CAPÍTULO 7

Melibea

    No he salido de mi habitación en unas tres horas. Necesito ver el sol y respirar algo de aire fresco.
    Bajo a ver si el idiota de Marius me entretiene pero no le encuentro. Vuelvo a subir y miro en su habitación.
    -¿Marius? –Llamo antes de entrar.
    Nada.
    Si se hubiese marchado le habría escuchado, no creo que haya salido a hurtadillas.
    Le busca hasta en el último piso. ¿Dónde se habrá metido?
    Oigo “maullar” a Zeus. Ha sonado cerca, con algo de eco incluso. Deben de estar en el techo del edificio. Nunca antes había subido. El tramo de escaleras se acaba y una puerta negra se impone ante mí. Cuando trato de abrirle se queda algo atorada y le doy un golpecito con el hombro para que se abra del todo.
    La luz del sol hace que entrecierre los ojos. Una vez que mis ojos se adaptan a tal luminosidad  lo que veo me sorprende.
    Zeus corre a mi encuentro por en césped verde brillante. Un paseo de piedras llega hasta un cenador de madera al que da sombra un frondoso cerezo, otro camino del paseo de piedras rodea una piscina y termina en una gran barbacoa naranja.
    Me acerco impresionada al borde de la piscina.
    Marius me sobresalta saliendo del agua; chorreando, en bañador y con su pecho subiendo y bajando deprisa.
    -¿Qué haces aquí? –Pregunta mirándome con media sonrisa en los labios y una expresión divertida en su mirada.
    Mi mirada, en cambio, recorre su cuerpo. Soy capaz de ver todas y cada una de las millones de gotas de agua que resbalan sobre el musculoso, lleno de lunares y bronceado cuerpo de Marius.
    Se ha dado cuenta. Ahora su rostro muestra una expresión divertida y a la vez tentadora. Joder su rostro... Sus ojos grandes, expresivos con pocas pestañas. Tiene la mandíbula ligeramente torcida hacia la derecha, no me había fijado hasta ahora. Pequeñas pecas marcan su nariz dándole un aire travieso e infantil que tan a juego le viene a su personalidad.
    -Ve a darte un baño, se está genial ahí dentro.
    -Yo… No tengo bañador –En realidad esa no es la razón por la que no quiero meterme en la piscina.
    -No he dicho que necesites uno –Mis pómulos se encienden. Marius se acerca cada vez más. Su aliento roza mi oído, su mano mi brazo –Quizás podríamos meternos juntos y darnos calor en el agua fría el uno al otro.
    Mi estomago es un bolsa llena de mariposas deseando poder estirar sus alas y volar.
    Me aparto bruscamente de su lado dando un traspié que casi me tira al suelo. Marius ríe.
    -Ya te dije que la pedofília no es lo mío, lo siento.
    ¡¿Por qué me hace esto?! Lo voy a matar, de esta noche no pasa.
    -Vístete, vamos a comprarte un bañador –Dice Marius entrando en el piso, creyéndose superior y con esa sonrisa burlona que no abandona sus labios.
    -Ya estoy vestida.
   Él se para en la puerta y gira su cabeza hacia mí.
    -En ese caso también deberíamos comprar algo de ropa. Dame unos minutos.
    Asqueroso frívolo engreído narcisista.



    Al parecer lo que Marius piensa que son ‘unos minutos’ significan casi hora y media.
    He aprovechado a cambiarme de camiseta a la más arreglada que tengo. No es que me importe lo que ese cerdo piense de mí, claro que no.
    Me alegra que por fin vaya a salir después de tanto tiempo.
    Marius baja rápido las escaleras. Me mira de arriba abajo.
    -¿No decías que ya estabas vestida?
    -Eres idiota.
    -Vamos renacuaja.
    Llama al ascensor, que no tarda en estar aquí. Bajamos en silencio, mirando a todos lados excepto a nuestros ojos. Me resulta un poco incomodo. Llegamos al garaje, él sujeta la puerta para mí.
    -Gracias –Digo sin esperar respuesta.
    Sigo sus pasos bajo la tenue luz que nos ilumina. Me paro detrás de él frente a algo con una lona gris por encima. Oh no.
    -Que sepas que vas a ser la primera persona, mujer y niña que monte conmigo desde que Antoni me la regaló –Una moto no, una moto no. Que sea una yegua o un unicornio, pero una moto no –Tachaaan.
    Mierda.
    Marius destapa una moto negra y plateada. Solo con imaginarme a mí subida en ella me entran los siete males.
    Trago saliva sonoramente sabiendo que Marius me mira entusiasmado. Mi rostro no debe expresar más que miedo. No hay que ser un genio para percatarse de lo que ocurre.
    -Te dan miedo las motos. –Lo dicho, no hay que ser un genio.
    -¿Miedo? ¿Crees que tengo miedo de subir en un “vehiculo” que anda con dos ruedas, conducido por alguien como tú, que es Trending Topic en accidentes? Obviamente, sí. No pienso subirme en eso.
    La diversión no deja rastro alguno en su expresión.
    -¡Venga ya! Piensa que eres María Valverde en Tres Metros Sobre El Cielo y yo Mario Casas. Aunque yo estoy mucho más bueno que él y tú seas… Y que tú seas tú.
    -¿De que hablas? –Estoy perdida.
    Sus labios forman una línea recta.
    -Explícame por qué yo he visto esa película y tú no. Algo falla. –En serio, quiero que se calle. No entiendo nada de lo que dice, es como si solo oyese como balbucea.
    -Marius -Empiezo a decirle con un sereno tono de voz –Primero; cállate, no se de que estas hablando. Segundo, ¡no pienso subirme en esa cosa!




Marius

    Pero será exagerado el pequeño demonio este… Yo no pienso ceder.
    -A ver, renacuaja –Digo con el mismo tono de voz condescendiente que ha usado Melibea antes – Primero, ¿solo sabes hablar griego? Segundo; si no subes en la moto, te vas a quedar en casa sola y aburrida.
    Melibea empieza a andar hacia la puerta del ascensor.
    -¡Eh! –La alcanzo a grandes zancadas. Tomo su brazo y la giro para que me mire a la cara. Suspiro. –Vale, iremos en metro.
    Melibea sonríe satisfecha y, ¿es emoción lo que veo en sus ojos?




Melibea

    Estamos frente lo que parece un centro comercial. Entramos. Estoy algo inquieta. Yo no tengo ni idea de moda, ropa o maquillaje y la verdad es que me siento un poco ridícula por eso en este momento.
    -Venga, primero vamos a por el bañador. –Asiento con la cabeza y le sigo.





Marius

    Llevo a Melibea a una tienda “para mujeres”. Pijamas, bañadores, sujetadores, bragas… Yo ya sabía que se iba a sonrojar. Camina a mi lado con la cabeza gacha más roja que nunca. Se cree muy fuerte y valiente, y puede que lo sea, pero todavía es una cría y se nota.
    -Qué, ¿no ves nada que te guste? –Cojo un conjunto de lencería roja y se lo pruebo por encima. Mel, con su complejo de tomatito cherrie, aparta el conjunto de un manotazo y va directa a la sección de baño.
    Momento de indecisión; bañador, trikini o bikini. Con lo vergonzosa que es seguro que elige el que más tela tenga. 
    Me paro a su lado. Mel mira todos pero no se fija realmente en ninguno, no se le debe de dar muy bien esto de las compras. La emoción que reflejaba ya no está, tiene los hombros hundidos y desgana escrito en la frente.
    -Nunca antes habías ido de compras. 
    Casi inmediatamente Melibea me mira pidiendo ayuda. Un ápice de compasión se apodera de mí. Cojo los cinco bañadores que me parecen más bonitos y que creo que la puedan quedar bien.
    -Anda –Le ordeno con mi mano en su espalda, guiándole a los probadores. –Venga, anda.
   Hago el ademán de entrar con ella en el probador, pero me para antes de dar un paso adelante.
    -Tú te quedas aquí, machote. –Y desaparece detrás de la cortina.
    Espero a que salga apoyado en el probador de en frente. De la puerta, ahora entreabierta, Mel asoma la cabeza.
    -No puedo abrocharlo…
    -¿Dos días juntos y ya no puedes hacer nada sin mí? –Sus mejillas se encienden.
    -Idiota –Abre del todo la puerta para que yo pase. Se ha probado el bikini azul celeste primero. Con una mano sujeta el traje de baño en sus, inexistentes aún, pechos. Y con la otra se aparta el pelo del cuello para facilitarme el trabajo. Bajo la vista casi sin darme cuenta a su pequeño trasero. Es gracioso. La parte de abajo del bikini es más pequeña que  la de sus braguitas así que puedo ver el borde de estas. Sonrío.
    Melibea, después de atar ambos lazos, se gira hacia mí. Lo cierto es que le queda muy bien.
    -Perfecto. ¿Te gusta?
    -Si –Parece dudosa.
    -Pues nos lo llevamos, pruébate los demás.
    Salimos de la tienda con tres de los cinco bañadores que elegí. La llevo a una tienda de ropa. Creo que voy a tener que volver  hacer de estilista.
    Melibea parece que empieza a divertirse un poco. Camina despacio tocando la tela de las filas y filas de camisas, vestidos y pantalones. Incluso se prueba un sobrero horrendo y actúa como una señora estirada y repelente. Coge un vestido y me lo prueba por encima, igual que hice yo hace un rato con la lencería. Hace una mueca diciendo que no me favorece y lo deja en su lugar. Ríe. Me gusta su risa.



Melibea

    Acabamos con las compras y entramos en un restaurante italiano a comer. El camarero nos sienta en una mesa para dos.
    -¿Italiano? ¿En serio?
    -Aha. Me encanta hablar a los camareros en italiano y ver la cara de idiota que se les queda –Contesta Marius.
   -Que cruel.
    -Lo sé.
    Cojo la carta. Es la segunda vez en mi vida que vengo a un restaurante. La primera vez fue con mi madre y mi padre, aunque yo era muy pequeña y no lo recuerdo bien. Tal vez ni siquiera fue real, puede que solo fuera un sueño.
    -Pide tú por mí, se supone que aquí eres el entendido –Le dedico una rápida sonrisa y me levanto –Voy un momento al baño.
    Cuando vuelvo a la mesa el camarero ya se está alejando.
    -¿A puesto cara de idiota?
    -Totalmente. –Sus ojos se clavan en los míos.
    -¿Qué vamos a comer pues?
    -Cannelloni con salsa di pomodoro, ossobuco e cannoli per dessert.
    -Y eso es…
    -Canelones con salsa de tomate, guiso de jarrete de ternera y de postre… No sabría la palabra exacta en castellano.             Es una masa rellena de ricota espolvoreada con chocolate.
    Marius empieza a hablarme en italiano, no entiendo nada, y como venganza yo le hablo en griego.
    Nuestra conversación no debe de tener el menor sentido. Puede que el me esté diciendo un mar de barbaridades trogloditas, aunque suena precioso, pero yo le cuento la sinopsis de mi libro favorito. La gente a nuestro alrededor nos mira desconcertados. Llega la comida. Tiene un aspecto delicioso. Empezamos a comer y nos dejamos de conversaciones de besugos. Marius me mira mientras como sin decir palabra. Siento que estoy comiendo como un caballo. Seguro que tengo algo entre los dientes, los labios llenos de pomodoro y hago mucho ruido masticando. Espero que no.


    Volvemos a casa en taxi. Marius ha dicho que se negaba a ir en metro cargando con todas las bolsas. Zeus nos recibe en la puerta. Marius me arrebata las bolsas de las manos y las sube a mi habitación, yo subo también.
    -Ponte uno de los bañadores y vamos al agua renacuaja. Me muero de calor.
    Joder, verano tenía que ser.
    -Acabamos de comer… Si nos bañamos ahora se nos puede cortar la digestión… -Digo en un intento de excusarme.
    -No me seas remilgada, venga.
    Tranquila, respira Melibea. No va a pasar nada. Nadar tampoco debe de ser tan complicado. Hasta los niños de tres años saben nadar.
    Marius va solo con el bañador y yo llevo uno de los bikinis con una camiseta holgada por encima.
    Me siento en el borde de la piscina con los pies dentro del agua. Marius salta y se tira de cabeza salpicándome entera. El agua está tan fría que me corta la respiración. Después de hacerse un largo buceando sale de un salto a mi lado, volviendo a salpicarme. Se sienta conmigo.
    -Marius, no se nadar. –Ala, ya está dicho.
    Me mira con los ojos abiertos como platos.
    -Tampoco es que sea un extraterrestre por no saber nadar.
    -Puede que no lo seas por no saber nadar, pero yo sigo dándole vueltas a esa posibilidad. –Sonríe y me da un golpecito cariñoso con el hombro. –Vamos, voy a enseñarte. Te prometo que hoy aprendes a nadar, aunque sea al estilo perrito.

    Eso me hace reír.