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viernes, 9 de octubre de 2015

Una noche estrellada

MARIUS
     Aparco el coche antes de llegar al acantilado. Suelto un suspiro y miro a una no muy contenta Melibea. Desde que conocí a aquella chica de la discoteca está muy distante conmigo. Ahora pasa más tiempo en su cama que en la mía. Empiezo a echar de menos a mi renacuaja.
     -¿Qué es lo que pasa, Mel? -Melibea, que tiene la cabeza apoyada contra el cristal, me mira de reojo y veo su pupila azul.
     -Nada. -Contesta con normalidad sin dejar de mirar el mar negro, unicamente iluminado por el reflejo de la luna.
     -Se que pasa algo, pero no estoy seguro de qué. Por favor, no me lo pongas tan difícil.
     -¿Qué no te lo ponga tan difícil? -Su expresión cambia de golpe y me dedica una fulminante mirada. Me quedo con la boca entreabierta y con cara de idiota sin saber qué decir. No se por qué está tan enfadada conmigo.-Olvídalo. -Pone los ojos en blanco y vuelve al apoyar la cabeza en la ventana.
     Estrecho su rodilla con la mano, Mel se encoge haciéndose ver incomoda con mi mano ahí. La aparto.
     -¿Es por lo del sábado pasado?
     -No lo sé, ¿qué se supone que pasó el sábado pasado? Si tú lo dices será porque pasó algo, ¿no? -Dice volviéndose a poner a la defensiva.
     Hago memoria. El sábado salimos juntos de fiesta con David, Chavela, Alex y Gabriel. Recuerdo que bebí un poco más de la cuenta al igual que la mayoría de nosotros. Una chica rubia se acercó a hablar conmigo, pero no pasó nada. No tiene razones para estar enfadada por eso. Creo. No es como si hubiera hecho algo malo. Puede que ella se me acercará un poco, y que yo no la apartase, y que nos fuéramos a la pista a bailar... Vale, soy un poco capullo. Aún así está exagerando como siempre, ella sabe que no hicimos nada más que hablar y bailar. No dejó de mirarnos toda la noche sentada en la barra... Yo nací con menos neuronas que los demás, ¿verdad?
     -Mel, lo siento. No debí quedarme solo con esa chica. Sabes que es a ti a quien quiero y de quien estoy enamorado, cualquier otra me da igual.
     -No debió ser cualquier otra si me dejaste tirada para irte con ella. -Una lágrima se desliza por su mejilla-O no debes de quererme tanto como dices.-Sale fuera del coche adentrándose en una noche estrellada. Salgo tras ella. Se queda apoyada en la puerta con las manos ocultando su rostro. Solloza en silencio. Me paro en frente de ella y le aparto las manos para mirarle a los ojos, ella no me acepta la mirada y aparta la suya. Me acerco más a Mel para darle un abrazo pero me aparta de un manotazo y va a sentarse en el capó del coche.
     -Escúchame, no pasó absolutamente nada. Y tampoco quería que pasase algo. Estaba borracho, se me nubló el cerebro. Si hubiera estado en plenas facultades mentales en ese momento ni habría mirado a esa chica ni te hubiera dejado sola. No sabía que estabas así de mal por mi culpa -Ahueco sus mejillas con mis manos y, por suerte, cada vez solloza menos.-Lo siento. Te quiero mucho, Mel.
     Juntamos poco a poco nuestros labios. El sabor metálico de los cortes de sus labios se mezclan en armonía con el sabor salado de sus lágrima y con el nuestro propio. Separo sus piernas y me cuelo entre ellas. Sobre pone sus manos en las mías. La luna y las estrellas nos observan. Separo unos pocos centímetros mis labios de los suyos para decirle:
     -Te quiero. -Una y otra vez.
     Melibea no responde. Su boca ansía la mía. Sus manos ahora tiran de mis pantalones, apretándome más contra ella. Ya no llora, pero sigue teniendo los ojos brillantes. Sus dedos desabrochan los botones de mi camisa y consigo pararla antes de que termine.
     -¿Aquí? ¿Estás segura? -Melibea me besa como respuesta.
     Mientras termina de quitarme la camisa voy des vistiendola a ella. Mel desabrocha mis pantalones y se te cuesta semidesnuda  en el capó de mi coche. Engancho dos dedos a la cinturilla de su pantalón y tiro de ellos hasta acabar con ellos en la mano junto con su ropa interior. Con Melibea mirando al cielo poso la boca en el interior de su muslo y la tentación se apodera de mí. Clavo los dientes en su piel . Acaricia mi pelo. Mi lengua se pasea por su entrepierna, ardiente y juguetona se cuela entre sus labios. Acaricio su clitoris y lo atrapo succionando en mi boca. Ella gime y le tiemblan las piernas. Siento cómo crece mi erección. Con sus muslos atrapados por mis brazos y mi boca presionando contra su monte de Venus, dándole placer, Mel se remueve encima del coche, procura, fallidamente, estar quita para no resbalarse del capó y caerse. Sino estuviera yo sujetándola, ya habría acabado en el suelo.
     Me bajo los pantalones hasta la rodilla y acerco mi pene al sexo de Mel. Lo meto poco a poco en su interior. Ella entre cierra las piernas, me impide moverme con facilidad. Le separo las piernas y la acerco más a mí, penetrandole por completo. Me muerdo el labio y suelto un gruñido. La miro mientras entro y salgo de ella. Tumbada sobre el coche, con la espalda ligeramente arqueada. Su cabeza mira al cielo. Su pecho sube y baja, haciéndose ver con cada respiración la sombra que se forma en su piel por los huecos de las costillas. Entre gemidos guturales dice mi nombre.
     Los problemas se me olvidan, para mí sólo está ella. Intento trasmitirselo a través del sexo. Mis estocadas son rápidas, luego lentas. Todas llenas de amor. 
     La veo disfrutar y eso me encanta.
     Con mi dedo pulgar masajeo su clitoris y ella vibra. Sus pechos se mueven al ritmo de mis estocadas.
     -¡Marius! -Grita Mel. Y cuando digo que grita, grita. Es probable que la hayan oído en la otra punta del país. Arquea su espalda más de lo normal y se desploma sobre el capó tratando de recuperar el aliento.
     Siempre me ha gustado que ella se venga primero. Un par de estocadas más fuertes me hacen llegar a mí también al climax dentro de ella.

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