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miércoles, 4 de noviembre de 2015

CAPÍTULO 13

MELIBEA

     Con las entradas de cine ya compradas vamos a por las palomitas. Me encantan las palomitas saladas, muy saladas. No me importa acabar con los labios irritados y cortados por la sal. Simplemente me encanta. Marius compra un tanque de palomitas para compartirlo entre los dos y entramos en la sala. Nos sentamos centrados, en la fila número seis. Las luces se van apagando poco a poco hasta dejar la sala totalmente a oscuras. Empieza la película. Cuando se encienden los altavoces me sobresalto, no pensé que el volumen fuese a ser tan ensordecedor. Te penetra la cabeza impidiéndote pensar con claridad en otra cosa que no sea la película.
     Es la típica película de ciencia ficción; chico normal conoce a chica, problema, hay un malo muy malo, el chico se vuelve un héroe y los buenos ganan. Fin.
     No es que me haya gustado la peli, pero supongo que esperaba más de ella. Lo que sí me ha gustado mucho ha sido la experiencia de venir al cine, me gustaría repetir alguna vez más.
     -¿A dónde vamos ahora, Marius? -Le pregunto.
     -Tendremos que comer, ¿no? -Las comisuras de sus labios se alzan en una pícara sonrisa.
     -¿Y dónde vamos a ir a comer? -Vuelvo a preguntar.
     -¡Deja de ser tan preguntona! Ya lo verás cuando estemos allí. -Marius me pone de los nervios. Algo en mí me dice que no debería confiar en él,decido ignorar ese sentimiento. Nos metemos en el coche y empieza a conducir. Llegamos al puerto de la ciudad. Caminamos por la calle del puerto, gaviotas sobrevuelan el cielo y las velas de los barcos cubren el horizonte junto al mar.
     Marius señala un pequeño restaurante con servicio de terraza.
     -Ahí es donde vamos a comer.
     Entramos en el restaurante y se nos acerca una mujer joven, alta de pelo muy corto y oscuro, vestida entera de negro y con un delantal rojo atado a la cintura.
     -¿Mesa para uno? -Dice intentando captar la atención de Marius y sin hacer reparo de mi presencia.
     -Mesa para dos. -Contesta Marius con voz tajante y lanzando a la camarera una fría mirada mientras me arrima con el brazo más cerca de él. La camarera, con no muy buena cara, nos acompaña a nuestra mesa en la terraza.
     Una vez estamos los dos sentados, nos ofrece la carta y se va sin decir palabra. Cuando voy a abrir la carta, Marius me la quita de las manos.
     -No la necesitas, ya se qué vamos a comer. -Le hace una llamada con la mano a otro camarero; alto, fuerte y de pelo gris, llamando su atención. Este se acerca a atendernos con una pequeña libreta en la mano.
     -¿Ya saben qué van a tomar? -Pregunta el camarero.
     -Sí, queríamos dos platos de escalivadas de primero, de segundo dos esqueixadas de bacalao y para el postre otras dos raciones de crema catalana.
     -Estupendo -Responde haciendo un gran inca pie al pronunciar la S.
     El camarero se aleja de nuestra mesa.
     -¿Cómo sabes si me gusta o no lo que nos has pedido?
     -No creo que haya ser humano en este planeta a la que no le guste. Además eres tan tímida con cosas como esta que aunque no te gustara me dirías que si te gusta.
     -Yo no haría eso -Digo poniéndome a la defensiva.
     -Sabes que sí. Últimamente te estas soltando más conmigo, pero sigues siendo muy reservada y vergonzosa. Aparto la mirada enfurruñada y colorada, dando sin querer la razón a Marius.- Ves, roja como un tomate.
     -Eso es porque estoy furiosa contigo -Intento excusarme. Marius no dice nada pero a su vez lo dice todo con su sonrisa.
     La camarera antipática de antes nos sirve la comida con una sonrisa falsa en los labios.
     -Que os aprovecha -Dice con una maliciosa expresión y yéndose de nuevo dentro del restaurante contoneándose. Estoy segura de que mi plato tiene un toque extra de babas. Mejor no pensar en ello. Ojos que no ven, corazón que no siente.
     Con el tenedor parto un trozo de escalivada y me lo llevo a la boca. Delicioso.
     -¿Cuándo llega Antoni mañana?
     -Antes del mediodía. Supongo que cuando vuelvas del colegio ya estará en casa. Y no, antes de que me lo preguntes, no puedes faltar a clase.
     Hago un mohín.
     Marius termina de comer antes que yo y fija su mirada en el mar.
     El sol flota en lo alto del cielo, por el que nadan las gaviotas, dándonos calor. La suave brisa equilibra el tiempo haciendo a este muy agradable. El mar está en calma, de vez en cuando alguna ola rompe en la orilla.
     Marius pide la cuenta y paga la comida.
     -¿Y ahora?
     -¿Ahora? Ahora vamos a dar una vuelta en la moto...
     -Pero si no hemos venido en moto -Le interrumpo.
     -Acuática -Termina Marius. Yo levanto las cejas incrédula.
     -¿Tienes una moto de agua?
     -Dos, pero una es de Antoni. Y tú no puedes conducir una sola todavía, te toca montarte conmigo. -Ahora entiendo el por qué de la mochila. Debe de llevar los bañadores, las toallas y demás.-¿Caminamos por la orilla? -Asiento. Mis labios forman una sonrisa de dientes blancos.
     Antes de llegar a la arena nos quitamos los zapatos y los guardamos en la mochila. También nos quitamos la ropa y la cambiamos por el bañador con la toalla estrategicamente colocada para que no se vea nada indebido. La arena se hunde bajo el peso de mis pies. La rompiente de una ola se acerca a la orilla, avanzando hacia nosotros, y cuando el agua entra en contacto con mi piel mi cuerpo se estremece.
     Caminamos en silencio con el viento de frente y mi pelo flotando tras mi espalda. Es Marius el que decide romper el hielo.
     -¿Cómo estas con...? -No es necesario que termine la frase.
     -Bien, creo. Es raro. -Está claro que yo ya sabía de la existencia de la menstruación, pero me ha pillado tan de sorpresa que sigo un poco desconcertada, y que a quien haya tenido que pedir ayuda con esto haya sido a él me entristece. Echo de menos a mi madre.

MARIUS   
 
    La playa está desierta, no hay nadie a parte de nosotros. Melibea camina con la vista fija en el mar. No tiene una expresión triste, sino más bien nostálgica. Se en que debe de estar pensando. También se que no me ha contado toda la historia, pero ella tendrá sus motivos para no hacerlo y no quiero presionarla. Sólo quiero que sepa que puede hablar conmigo cuando quiera y que voy a estar ahí siempre que me necesite. 
     Le doy un empujoncito con el hombro y sonriendo miro al frente con las manos dentro de los bolsillos del bañador. Mel me devuelve el empujón intentando desequilibrarme. Dejo la mochila en la arena, cojo a Melibea por las rodillas y me la echo al hombro. Al mar que va. Mel patalea, gritando me suplica que la suelte e intenta zafarse de mi agarre. Incluso me pega varios azotes en el culo. Con eso solo hace que me entren más ganas de mojarla. Cuando el agua me llega por las rodillas la suelto. Melibea se hunde en el agua.Una vez que su cabecita sale a tomar aire empieza a salpicarme con las manos. Salta encima de mi y acabo con el agua hasta el cuello. Mel se sienta a horcajadas en mis rodillas. Las olas rompen en mi espalda. Ella ríe, sus ojos brillan de emoción. Su pelo; oscuro, largo y ondulado, chorrea agua salada. Su pecho sube y baja, moviendo los flecos de su bikini rosa. Su sonrisa, una sonrisa de dientes ligeramente separados, labios carnosos y cortados, con una pequeña peca al borde de estos. El hoyuelo que se forma en su mejilla siempre que me regala ese pedacito de su felicidad. El corazón me daun vuelco en el pecho y algo se activa en mi mente. Ese pensamiento hace que se me ponga la carne de gallina. Lo alejo rapidamente de mi cabeza. Joder, ¿qué coño estoy haciendo? 
     Aparto a Melibea con cuidado y le ayudo a levantarse. Ella me mira desconcertada. 
     -Vamos, se nos va a hacer tarde. 
     Llegamos al puerto. Hablo con el guardia de seguridad, que tiene una de las llaves de la moto, y le dejo la mochila en la cabina. 
     -No tengo chaleco salvavidas -Le digo a Mel antes de que suba a la moto- Asique sujetate fuerte. 
     Veo como se le suben los colores. 
     Melibea se sube a la moto detrás de mí y se sujeta a mi cintura con los brazos, aprentando nuestros cuerpos. Ahora entiendo porque se sonrojaba. Su piel y su cuerpo estan muy pegados al mío. Lo único que se interpone entre nosotros es la fina tela de nuestros bañadores. Mi entrepierna reacciona. Arranco el motor y Mel se sujeta con más fuerza. 
     -Te prometo que si sales volando iré corriendo a salvarte. -Salimos del puerto y ella suelta un pequeño grito mezclado de miedo y emoción. 
     Dejamos la costa atrás, hasta que se vuelve solo una línea en el horizonte. Mel sigue aferrandose a mí, cortándome la respiración. De una forma u otra, Melibea siempre consigue dejarme sin aliento. 
     Sus piernas desnudas siguen pegadas a las mías. Tiene unos muslos suaves, tersos, con pelitos rubios. Pequeñas gotas de agua me salpican en la cara. Melibea empieza a relajarse, ya no me sujeta con tanta fuerza. Puede que si acelerase un poco volviera a sujetarme con ganas. Derrapo en el agua varias veces y ella grita. De nuevo sus brazos me aprietan las costillas. Siento la curvatura de su cuerpo encajando con el mio y su pelo ondulado haciendome cosquillas en la espalda. No se que demonios me está pasando. 
     Ya volviendo al puerto Mel me pregunta: 
      -¿Me dejas conducirla a mí?
     La miro girando la cabeza muy sorprendido. 
     -¿Estás segura? -Ella asiente varias veces y acaba por convencerme.- Está bien, siempre y cuando vayamos despacito y cin cuidado. 
     La cojo de la cintura y la levanto de su asiento. La paso por encima de mis piernas y me deslizo hacia atrás para que Mel pueda sentarse delante sin tener que meterse primero en el agua. Agarra el manillar decidida a empezar ya a conducir. Rodeo sus brazos con los mios, apoyando mis manos sobre las suyas. Me es gracioso lo pequeños que son sus dedos en comparación con los mios; con los mios y con los de cualquiera. Su cabeza roza con mi pecho. Es tan diminuta. 
     -Hazlo suave, si lo haces demasiado rápido podríamos salir despedidos. -Con suma delicadeza le ayudo a arrancar la moto. Esta se cala y se tambalea en el mar.- Con cuidados. Volvamos a intentarlo. -Esta vez arranca bien la moto y empezamos a deslizarnos sobre el agua. Intento regular la velocidad. Giro el manillar en dirección al puerto. Empieza a hacerse tarde y aún tenemos que cenar y no llegar demasiado tarde a casa, Melibea mañana tiene clase y nos toca madrugar. 
     A Mel no se le da nada mal esto. En un tiempo incluso podría manejarla ella sola. 
    -Estas hecha para esto eh -Le grito al oído para que pueda oírme a pesar del ruido del mar y del motor. Mel me mira de reojo y sonríe. Vuelvo a cambiarle el sitio antes de que lleguemos al puerto.
     Mel da saltitos de alegría cuando pisamos tierra firme. 
     -¡Tenemos que volver otro día! ¡Ha sido genial!
     -Dijo la que le tenía miedo a las motos. 
     Melibea hace una mueca divertida. 
     -¿Adónde me vas a llevar a cenar? -Pregunta. 
     -¿Quién ha dicho que te vaya a llevar a cenar? 
     -¿Es que no vamos a cenar por ahí? 
     -Claro que sí, pero yo no te lo había dicho. Deja de adelantarte a los acontecimientos, pesada. -Intento parecer molesto pero Mel ya me conoce lo suficiente como para saber que no lo estoy de verdad. 



     En menos de veinte minutos entramos autoservicio de un restaurante de comida rápida. Mel me mira frunciendo el ceño. 
     -¿Vamos a comer en el coche? 
     -No exactamente. 
     Pedimos dos hamburguesas y salimos a la carretera. El olor a comida basura inunda mis fosas nasales y mi estómago se queja. Melibea se ríe mientras come patatas fritas. Coge una y en vez de llevarsela a la boca, como ha hecho con todas las demás, me la acerca a mí. Yo me acerco a ella, la muerdo y me la como. A la patata, no a Melibea. Aunque no me importaría morder y comerme a Mel. Dios, ¿primero pedófilo y ahora caníbal? Catorce años, tiene catorce años. Son once años de diferencia, olvídate de esta locura ya. 
     Llegamos a nuestro destino. 
     Bajamos del coche con las bolsas de comida. El silencio hace acto de presencia. Miro a Melibea, tiene la boca entreabierta y los ojos iluminados por la luz de la puesta de sol. Es, simplemente, lo más bonito que he visto en mi vida. Mis entrañas se retuercen. 
     Ayudo a Mel a subir al techo del coche y después me ayudo a mí mismo. Nos sentamos con las piernas cruzadas, con la vista fija en el horizonte. Este es el acantilado con laa mejores vistas del país. La tierra y el mar se hacen uno. Parece que las copas de los árboles flotan en el agua. Comemos y hablamos. Ella se ríe y yo sonrío. 
     Terminamos de cenar y volvemos a casa.
     Subimos directos a la cama, haciendo una pequeña parada en la ducha. 
     Nos metemos juntos en la cama. Melibea se recuesta en mi pecho. Su pequeño cuerpo se amolda con el mío, por la mañana volveremos a ser un gran nudo de brazos y piernas.