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jueves, 10 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 16

Marius

     -Te quiero. –Melibea me besa. Nuestros cuerpos se entrelazan, pero todo se funde a negro antes de que podamos llegar a formar el uno parte del otro.

     Despierto con las sábanas pegadas al cuerpo y con una erección entre las piernas. Muy despacio voy abriendo los ojos y empiezo a poder ver mi habitación, iluminada por los rayos del sol, con claridad. Miro con el ceño fruncido el hueco vacío de mi cama en el que debería estar Melibea, ayer por la noche no estaba de humor como para dormir con ella. Me sentía engañado, y estaba celoso. Muy celoso.
      Me levanto de la cama y bajo a desayunar. Al abrir la puerta de mi habitación me encuentro con Melibea en el pasillo. Su despeinado pelo cae sobre y sus hombros, deslizándose por su espalda. Lleva una de mis camisetas. A mí me quedaría muy ajustada, marcando los músculos de mi espalda, pero en ella se ve gigante. Sus piernas desnudas hacen que se me erice el vello de la nuca. Mel me mira desde abajo. Sus mejillas se tornan de un suave color rosado. Me encanta su reacción cuando me ve sin camiseta, me recuerda a lo inocente que es en realidad. Pienso en si el chico ese con el que estuvo ayer hará también que sus mejillas cojan color.
       -Buenos días. –Una vez vuelve en sí.
      -Buenos días. –Mel sonríe como si hubiera pensado que no iba a responder y se sintiera aliviada al ver que sí lo hago.   
      Bajamos a la cocina y, como siempre, soy yo quien prepara el desayuno. Pegada a la puerta de la nevera hay una nota de Antoni:
Estoy en la oficina.
No me esperéis despiertos.
Antoni.

      Dejo la nota encima de la mesa para que la pueda leer Melibea.
      -Parece que nos hemos quedado solos, otra vez. ¿Algún plan para hoy? –Dice ella.
      -Debería empezar a repasar mi tesis. Apenas faltan tres semanas para la presentación. –Respondo.
      -¿Una tesis? –Asiento. –Y… ¿De qué trata dicha tesis? –Mel sube los pies a la silla y se lleva las rodillas al pecho. Me mira levantando una ceja.
       -Filosofía. –La respuesta le sorprende y cambia su expresión.
       -No te veía yo como una persona muy ilustrada. –Se ríe mordiéndose la lengua. Me acerco a ella y, poniéndome a su altura, la miro a los ojos y digo:
      -“Ignorantes somos todos, solo que ignoramos cosas diferentes.” Albert Einstein.  
      Melibea pone los ojos en blanco y empieza a comer.
      Una vez hemos terminado los dos de desayunar, subimos a la terraza en “pijama”. Me tumbo en una hamaca que está al lado de la piscina. Mel se acerca por detrás y lanza una patada al agua haciendo que miles de gotas de agua fría caigan sobre mí poniéndome la piel de gallina. Me levanto de golpe y me seco el torso con una toalla. Melibea me mira y se empieza a reír. Yo respondo a su risa con una expresión furiosa. Doy un paso hacia ella y deja de reír. Un paso más. Antes de que Mel pueda echar a correr yo atrapo su cintura, la elevo en el aire balanceándola por encima de la piscina, amenazando con tirarla al agua.
      -¡Marius no! –Dice gritando mientras cae dentro de la piscina.
      Su pequeña y enfurruñada cabeza sale a la superficie. Debe de estar cansada de que siempre juegue con las mismas cartas. Sujeta como puede la camiseta para que no empiece a flotar y pueda ofrecerme una bonita vista de su cuerpo desnudo. Intenta salpicarme desde dentro de la piscina, pero echándome a un lado, el agua ni me roza. Sale subiendo por las escaleras. La camiseta se le pega al cuerpo, marcando su pequeña figura. Me golpea con los puños cerrados.
      -¡Te odio! ¡Eres un infantil! ¡Y un inmaduro! ¡Y te odio! –Su mirada está llena de rencor. Mis labios se curvan formando una sonrisa.
      -Se te da muy mal mentir. –Mel retiene el aliento y al segundo se ruboriza.
      Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. No sé cuánto tiempo estamos el uno frente al otro, un segundo, un minuto, tal vez toda una vida. Sólo sé que en ese período de tiempo me fundí en su mirada.
      Melibea pasa de largo, cortando la cuerda que unos unía.
 
MELIBEA

      Una vez seca, entro de nuevo en la casa. Mi mente perversa comienza a planear su venganza. Bajo rápidamente a la cocina con Marius detrás y abro la nevera, la nata montada esta justo en frente de mí. Cojo el bote y me siento encima de la encimera. Me echo un poco de nata en la boca, directamente del bote. Marius se queda de pie mirándome.
      -¿Quieres? –Le digo moviendo el bote de nata de un lado a otro. Él asiente. Hago un gesto con el dedo índice para que se acerque más. Marius se para entre mis piernas y abre la boca. Empiezo a echarle nata y no paro hasta que esta se sale de su boca, escurriéndose por su barbilla. Soy incapaz de aguantar una fuerte carcajada. Marius se limpia y sonríe con malicia.
      -Te vas a enterar. –Marius me quita la nata de las manos y me la acaba echando por toda la cara y el pelo mientras me hace cosquillas. Grito hasta que para por un momento y en cuanto tengo la oportunidad, salto de la encimera y salgo corriendo escaleras arriba. Me limpio como puedo la cara con la camiseta. Me escondo detrás de la puerta de la habitación de Marius, esperando a que entre para abordarle.

MARIUS

      Entro en mi habitación después de haber entrado en la de Melibea para buscarla. Me siento en la cama para recuperar el aliento cuando Mel salta encima de mí, tumbándonos a los dos en la cama. Se sienta encima de mía a ahorcajadas, con las rodillas a ambos lados de mis caderas. Trato de no pensar en la presión que empieza a ejercer en mi entrepierna. Con un movimiento la desequilibrio.
     Ahora soy yo el que está encima de ella, sujetando sus muñecas, bloqueando sus movimientos. Melibea continúa con esa sonrisa traviesa, respira de forma rápida y continua intentando recuperar el aliento. Mi cuerpo está pegado al suyo. Siento corrientes de un intenso ardor ahí donde su piel me toca. Soy consciente de la ropa que nos separa, desearía poder hacerla desaparecer. Observo su delicado rostro; es preciosa. En sus ojos puedo ver sus dos caras. El azul me muestra su inocencia y el marrón su picardía. Ese charquito de pecas salpicando su nariz. Sus dientes ligeramente torcidos. Y unos labios rosados, unos labios carnosos de aspecto suave. Unos labios que me están prohibidos. Y actuando guiado por mis instintos, la beso. Parece sorprendida pues por un momento todo su cuerpo se tensa, pero en cuestión de segundos se relaja y empieza a dejarse llevar. Su boca se abre dejando paso a mi lengua que se muere por conocer la suya, probar todo su sabor con mis labios, unos labios a los que les da miedo moverse con demasiada determinación por si pudieran lastimarla. El fuego arrasa mi interior. Melibea se arquea instintivamente hacia mí. Nuestras bocas se mueven juntas, conociéndose la una a la otra. Mi mano viaja hasta su cintura. Melibea me acaricia el cuello y se aprieta más contra mí. Tímidamente meto mi mano bajo su camiseta y acaricio su piel. Mel deja escapar un pequeño y suave gutural seguido de un suspiro. Sin darme cuenta mi entrepierna hace presión en la suya y ella se aparta de golpe. No sonríe y tiene gacha la cabeza, está tratando de no cruzarse con mi mirada. Me levanto de la cama y salgo de la habitación dando un portazo.
     



     




    


   
    
    
    
   



    
   
   

   

miércoles, 12 de octubre de 2016

Jóvenes e inexpertos.

     La luz de la luna intentaba abrirse paso entre las cortinas que cubrían la ventana, iluminando levemente nuestros trémulos cuerpos hambrientos y ansiosos por volver a hacerse uno. Sentía sus manos por todas partes, acariciando mi desnudez. Hice que se sentara en el borde de la cama, dispuesta a darle lo que tanto deseaba.
     Su erección entraba y salía de mi boca mientras que a su vez mi mano masajeaba a esta misma de arriba a abajo. No es mucho el tiempo el que estuve arrodillada por temor a que terminara demasiado pronto.
     Ya con el preservativo en su sitio, nos tumbamos en la cama. Él fue directo a mi monte de Venus. Sus dedos bailaban dentro de mí y su lengua acariciaba mi clítoris haciendo que me sintiera más viva que nunca. Su boca se olvidó de mi sexo y fue directa a mis labios. Nuestros sabores se mezclaron entre besos. Su entrepierna rozaba la mía, ansiosa por abrirse paso entre mis muslos. No me hice de rogar. Con una estocada me penetró. Un calor intenso invadió nuestros cuerpos, mandando oleadas de placer por todo él.
     Sus labios, dulces y carnosos, se posaron en mi cuello, pero no por mucho tiempo. Tengo demasiadas cosquillas. Una risa ahogada brotó de mi boca y él la cubrió con la suya. Enredaba sus manos en mi pelo. Nuestras caderas se movían juntas, al principio con torpeza, después con maestría. Su agitada respiración se colaba por mi oído.
     Me puse encima de él, pequeña inexperta. La sentía muy profunda y me gustaba. Movía mis caderas con la ayuda de sus manos que se apoyaban en estas. Gemidos se escapaban de mi garganta. El placer se centraba en mi bajo vientre. Él volvió a tomar el control y de nuevo se puso encima de mí. Mientras me penetraba con continuas y firmes estocadas, una de sus manos bajó de posición y empezó a dibujar círculos con los dedos en mi sexo. Mis músculos se apretaban y me hicieron aferrar con mayor fuerza su espalda, sabía que mi tan esperado clímax se acercaba. Deje de poder controlar mis gemidos y se me fue la voz, me dejé llevar. Un increíble orgasmo tomó posesión de mí. Perdí el aliento, mis pezones estaban duros, mis músculos contraídos, y mi corazón golpeaba con fuerza mi pecho. Él seguía moviendo su pelvis y yo me mordía el labio inferior por no morderle a él. Tres fuertes estocadas fueron las que acabaron con él. Salió de mi interior y se deshizo del condón recién usado. Se sentó entre mis piernas aún abiertas ante él y dibujaba su arco con los dedos y también, sin saberlo, una sonrisa en mis labios que aún no se ha borrado.

martes, 21 de junio de 2016

El Suicidio Emocional

     Por qué dices en fin cuando yo quiero un principio. Uno contigo. Un principio de los que asustan, porque tus sentimientos por fin afloran y empiezas a sentir a las miles de mariposas revoloteando con sus alas dentro de tu estómago. Y tengo miedo, sí. Miedo de que en mi corazón aparezca una cicatriz con tu nombre. Pero ese principio, ese algo, alivia mis temores. Me hace pensar que el posible sufrimiento merece la pena. Es una nueva forma de suicidio. El suicidio emocional; tirarte por un acantilado de emociones para poder sentir la adrenalina recorriendo tu cuerpo, para poder sentir tus labios en mi piel. Y él te hace olvidar el impacto. Pero ya estás cayendo. Empiezas a ver cómo el suelo en el que te vas a estrellar está más cerca. Los recuerdos se apoderan de tus lágrimas. Cada caricia, cada beso, cada "te odio", cada "te quiero". Tu cuerpo explota en mil pedazos. Las mariposas salen huyendo de tu estómago, dispuestas a no volver, y tu último latido te recuerda: "Es mejor haber amado  y perdido que no haber amado nunca".

sábado, 26 de marzo de 2016

CAPÍTULO 15


Melibea

     Que alguien me pegue un tiro y acabe con mi sufrimiento. No quiero moverme de la cama en todo el día. Me encuentro mal, tengo náuseas y mi cabeza parece que va a explotar. Por lo menos Marius ha sido considerado conmigo y no me ha despertado como hace siempre. Espero que no le haya contado a Antoni lo que pasó ayer. Recuerdo algunos momentos con demasiada claridad, como cuando vomité en los zapatos de una chica a la que ni conocía. Otros están más borrosos, no recuerdo como llegué a casa. Supongo que Gabriel llamaría a Marius para que fuera a buscarme. Todavía no logro entender cómo puede acabar así, solo le di un par de tragos a la botella Álvaro. Sabía fatal. Me quemaba la garganta y sentía que se me cortaba la respiración. El alcohol es asqueroso, nunca más volveré a beber.
     Me levanto de la cama y veo cómo cambia mi perspectiva de las paredes de la habitación, creo que sigo borracha. La resaca del día después no compensa la noche del día anterior. Salgo de la habitación y bajo con cuidado las escaleras, Zeus me sigue moviendo la cola. Marius está sentado en la barra de la cocina, tiene entre las manos una taza de café.
     -Buenos días pequeña borrachilla, ¿te sirvo una copa? –Marius se ríe por dentro y yo le lanzo una mirada llena de odio. Vuelve a abrir la boca y yo solo espero que deje las bromas absurdas. –Te he dejado en la encimera un zumo y una aspirina, no te recomendaría desayunar todavía.
     Asiento con la cabeza para darle las gracias y me tomo la aspirina con un sorbo de zumo de naranja. En unos minutos me sentiré mejor. Me siento al lado de Marius en la barra y nos miramos.
     -¿Has hablado con Antoni? –Le preguntó.
     -Sí, llega dentro de poco. Y no, no le he dicho que tuve que subirte en brazos hasta a casa porque no podías ni mantenerte en pie. –Es cierto, recuerdo los fuertes brazos de Marius sujetándome.
     -Gracias… Por todo. No pensé que acabaría así.
     -Tú nunca piensas, mocosa. Con lo pequeña que eres seguro que solo con oler el alcohol ya estarías borracha.
     -Cállate. Se me fue un poco la mano, eso es todo.
     Marius sonríe con ternura, yo me sonrojo. Se levanta y va a sentarse al sofá. Una vez he terminado mi vaso de zumo, le sigo.
     -En un rato iré a recoger a Antoni, supongo que prefieres quedarte en casa y arreglarte un poco. Parece que has estado durmiendo en una pocilga.
     -Pues no, pero sí que he dormido con un cerdo.
     -Deja de hacerte la graciosa y ve a meterte en la ducha. –Al pasar por delante de él me pone la zancadilla y no me doy de morros contra el suelo gracias a que me sujeta antes. Le miro poniendo los ojos en blanco y me meto en la ducha.



     Bajo las escaleras de dos en dos y corro a abrazar a Antoni. Él me devuelve el abrazo. Cuando nos despegamos el uno del otro Marius aparece por detrás y se queda ahí parado mirándonos sin decir nada.
     Vamos al salón a sentarnos y Antoni nos cuenta como ha sido su viaje. Dice que no ha podido ver mucho de Berlín ya que tenía mucho trabajo, pero si ha visto lo suficiente como para querer volver allí algún día.
     -A ver si el próximo viaje podemos hacerlo los tres juntos. –Dice Antoni.
     -Con lo pequeña que es Melibea igual nos dejan llevarla como equipaje de mano y nos ahorramos su billete. –Marius se ríe y yo le doy un puñetazo en el brazo. –Cuidado no te vayas a romper la muñeca. –Empiezo a pegarle más fuerte mientras el sigue riendo.
     Su hermano pone los ojos en blanco y lanza un suspiro.
     -Me alegra ver que todo sigue igual que antes.
     Mi móvil vibra. Voy a cogerlo preguntándome quien me habrá enviado un mensaje, no hay muchas posibilidades y está claro que Marius y Antoni no han sido. Es de un número desconocido.

¿Qué tal, Melibea? ¿Terminaste bien la noche sin mí?

     Espera… No será… ¿Cómo se llamaba el chico tan guapo de ayer? ¿Alberto? No, Álvaro. Se llamaba Álvaro. Pero no recuerdo haberle dicho mi nombre, y mucho menos haberle dado mi número de teléfono. Seguro que esto es cosa de Gabriel. Me levanto y me meto un momento en el baño para llamar a Gabriel. Marco su número y cuando descuelga no le doy tiempo a hablar.
     -Gabriel, ¿has sido tú la que le ha dado mi número a tu amigo Álvaro?
     -Hola a ti también. Se lo diste tú tras el tercer chupito de vodka, ¿no te acuerdas? Yo sólo le dije que no intentara hacer nada raro contigo, que le estaba vigilando.
     -Y no hicimos nada raro, ¿no? –Tengo la mayor parte de la noche borrosa y empiezo a preocuparme por lo que haya podido pasar o lo que haya podido hacer.
     -Claro que no, pero él estaba loco por besarte –Me quedo en silencio. Imagino la escena de Álvaro dándome mi primer beso. Sonrío pensando en que no me importaría que pasara y un muy ligero rubor rosa cubre mis mejillas. -¿Mel? ¿Sigues ahí?
     -Ah sí, perdona. –Contesto. –Es solo que… ¿De verdad crees que quería besarme?
     Escucho la gran carcajada de Gabriel desde el otro lado del teléfono.
     -No lo creo, lo sé. Al igual que sé que tú también te morías por que te besara. Pero yo no podía permitir que lo hiciera mientras estabas borracha. El primer beso de una persona tiene que ser especial.
     -Espera, ¿cómo sabes que nunca me han besado? No recuerdo habértelo dicho nunca…
     Cada día mi mejor amiga me da más miedo. Me sorprende lo poco que siento que la conozco y lo mucho que parece saber ella sobre mí.
     -Soy bruja, deberías haberte dado cuenta ya. –Ambas nos reímos pero su risa es más forzada, como si hubiera tratado de quitarle importancia al asunto pero realmente pensara que es bruja. Bueno, en la edad media la gente quemaba a las pelirrojas porque pensaban que eran brujas. Igual está diciendo la verdad, o simplemente está un poco loca. –Tengo que colgar, nos vemos el lunes en clase. ¡Chao! –Y cuelga.
     Salgo del baño y vuelvo al salón con los hermanos Beanato. Todavía no he respondido al mensaje de Álvaro, sigo pensando en las palabras exactas que debo escribir para no quedar mal con él. Ya no sé si tendría que seguir haciéndome la dura, pero era divertido.

Bien. Cuando te fuiste pude empezar a divertirme.

     Enviar.
     Aprieto el móvil con las manos de la emoción. Espero que me conteste pronto. Marius se levanta a beber agua a la cocina. Mi móvil vuelve a vibrar y lo cojo corriendo para leer su mensaje. Antoni me mira divertido, como si supiera con quien estoy hablando.

Auch, eso me ha dolido. Ya no sé si debería invitarte a tomar algo conmigo.

     -¿Quién es Álvaro? –Del susto se me cae el móvil al suelo. Lo recojo y miro con temor la pantalla asegurándome de que no se ha roto nada. Marius sigue esperando una respuesta. Yo no le miro cuando le contesto.
     -Nadie. –Me meto el móvil en el bolsillo. Si Marius se enterará de que estoy hablando con un chico que me gusta no dejaría de hacer bromas estúpidas al respecto. Prefiero dejarle fuera de esto. Me levanto y me voy a mi habitación. Allí puedo estar a gusto y sin preocuparme del cotilla de Marius. Me llega otro mensaje.

Sal conmigo, y prométeme que no me tiraras la bebida encima como anoche.

     Oh Dios mío, ¿de verdad hice eso? Qué vergüenza. Quiere salir conmigo. ¿Qué le digo? Estoy muy nerviosa, no sé si seré capaz de estar con él tanto tiempo a solas. Y eso que siempre estoy con Marius y he dormido mil veces con él pero es diferente. Por muy guapo que sea, a Marius no le veo de esa forma. ¿Y si me besa? Yo no sé cómo se da un beso. ¿Y si le muerdo? Creo que no estoy preparada para esto. Pero es tan guapo… Quiero quedar con él y pasarlo bien. Además, tampoco creo que me besará así de repente. Casi ni nos conocemos. Voy a respirar y a contar hasta diez. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Vale, no puedo tardar tanto en contestarle. Va a pensar que paso de él. Tengo que tener valor.

¿Hora y lugar?

     Ya no hay vuelta atrás.

Pásame tu dirección y voy a recogerte con la moto. ¿Te viene bien sobre las seis?

     ¿Con la moto? Tiene que ser una broma.



Marius

     No estoy seguro de lo que acaba de pasar. Melibea se ha ido corriendo a su habitación cuando le he preguntado acerca del chico que le acababa de mandar un mensaje. Prefiero pensar que sólo será un chico de su clase que le ha preguntado acerca de los deberes o algo de eso. Aunque parece que se ha llevado un buen susto cuando he aparecido, una persona no se asusta tan fácilmente si no tiene nada que ocultar. Me pregunto si a ese chico le gustará Mel. Es lógico, ¿a quién no podría gustarle? Es cierto, a mí. Porque ella es una niña y yo soy un adulto, aunque haya veces en las que se me olvide. Como cuando la veo sonreír, o simplemente cuando la veo. Espero que a Melibea no le interese ese chico. Cuanto más pienso en ello más me hierve la sangre.


Melibea

     Estoy nerviosa. No puedo creer que vaya a quedar con él de verdad. Tengo un nudo en el estómago que poco a poco se hace más fuerte. Ya debe de estar a punto de llegar. Antes de salir de casa me despido de Marius y de Antoni.
     -He quedado con un amigo para dar una vuelta, volveré pronto.
    Los dos se lanzan una cómplice mirada mientras yo salgo por la puerta.
    Camino de un lado a otro fuera del edificio esperando a que Álvaro venga a recogerme. Miro la hora en el reloj de mi móvil, todavía no son las seis. Sé que soy una impaciente pero no podía quedarme más tiempo en casa pensando en lo que podría llegar a pasar esta tarde. Álvaro aparece montado en su moto con el casco puesto. Me coloco el pelo detrás de la oreja, luego lo vuelvo a soltar y me quedo con él jugando entre mis dedos. Paro antes de que piense que sólo soy una niña tonta. Saludándome se acerca a darme dos besos. Saca otro casco del pequeño maletero y me lo ofrece. Me ayuda a ponérmelo. Miro su moto y la comparo con la de Marius. Esta es mucho más pequeña y menos nueva. Tiene varios arañazos y alguna que otra abolladura. No me inspira mucha confianza. Respiro hondo y me subo detrás de él, sujetando su cintura. Me arden las mejillas. Arranca y salimos disparados a la ciudad.
     La tarde se me pasa en un abrir y cerrar de ojos. Vamos a una heladería donde compramos un helado para cada uno y, con la moto aparcada, caminamos juntos mientras hablamos de mil cosas por el paseo marítimo. Antes de las nueve de la noche volvemos a por la moto para que me lleve de nuevo a casa.
     -Me lo he pasado muy bien, gracias. –Le digo bajándome de la moto. Él también baja y me acompaña hasta la puerta.
     -No tienes por qué darme las gracias. Ha sido un placer y espero que pueda volver a verte –Sonríe de la forma más dulce en la faz de la Tierra y yo siento que me derrito por dentro. –Adiós Melibea. –Hace el ademán de irse pero vuelve su cara contra la mía y sujetándome la barbilla me besa. Un calor intenso inunda mi cuerpo, me siento extraña. Su lengua se mueve dentro de mi boca y no siento asco. Nuestros cuerpos se juntan más, pongo las manos detrás de su cuello. Hasta ahora no sabía muy bien que hacer exactamente con ellas. Cuando nos separamos no soy capaz de mirarle a los ojos pero sé que él me mira a mí sonriendo.
      Espera subido en la moto hasta que yo entro en el edificio. En el ascensor me miro en el espejo y me pregunto si se me verá cambiada, si la gente podrá ver que ya me han dado mi primer beso. No puedo dejar de pensar en el beso. Siento que aún me falta el aire.
      Antoni me abre la puerta y se queda quieto mirándome con una sonrisa de medio lado. Lo sabía, puede verlo en mi cara. Yo suelto una pequeña risa algo histérica y entro en casa.
     -Bueno, ¿qué tal con tu “amigo”? –Antoni sigue mirándome cómo si tratara de reprimir una fuerte risa. No puedo dejar de sonreír y cuando le respondo se me escapa otra risa.
      Marius aparece en el umbral de la puerta de la cocina. Él no sonríe.
      -Me voy a la cama. –Dice.
     -¿Ya? ¿Es que no vas a cenar? –Le pregunta su hermano.

     -No tengo hambre. –Y se va. 

martes, 2 de febrero de 2016

CAPÍTULO 14

Melibea

     Ser mujer duele. He estado estos cuatro días con las manos sobre mi bajo vientre y con un humor de perros. La profesora habla, habla y habla y yo no presto atención a lo que dice. Gabriel, que se sienta a mi lado, está dormida con la cabeza escondida entre sus brazos. Solo puede verse su melena naranja, tan rizada y salvaje como siempre. Suena el timbre y Gabriel se despierta de golpe sobresaltada. Yo no soy capaz de dormirme en clase. Se levanta de su pupitre y se queda de pie esperando a que termine de recoger mis cosas. Ella no lleva mochila, nunca lleva mochila. Salimos juntas al pasillo y nos encontramos con su hermano mellizo, Alex.
     -Qué tal Mel –Saluda.
     -Hola –Respondo a su saludo con una sonrisa de dientes blancos.
     -Hola a ti también, Alex. Estas tan embobado con Mel que ya te has olvidado de tu hermana mayor. –Dice Gabriel. Desconcertada miro a Alex, quien se ha puesto rojo de los pies a la cabeza. Le lanzo una mirada de reproche a Gabriel y ella pone los ojos en blanco. –Hemos quedado un par de clase para ir a comer, ¿te vienes?
     Marius me espera apoyado en el coche y con unas gafas de sol puestas.
     -Primero tengo que preguntárselo a Marius.
     -Pues venga, lenta. Ve a hablar con el hombre más sexy del mundo. –Lanzo un suspiro y voy junto a Marius. Ya he empezado a acostumbrarme a que las chicas de mi clase hablen sobre lo muy bueno que está Marius.
     -¿Qué tal te ha ido el día? –Me pregunta quitándose las gafas de sol. 
     -Bien, muy productivo –Digo con ironía. -¿Puedo ir a comer con unos amigos de clase?
     -¿Tú tienes amigos? –Dice levantando una ceja.
     -Ja, ja. ¿Puedo ir?
     -Claro que si idiota. –Marius saca la cartera y me ofrece un par de billetes –Toma. Llámame si tienes algún problema o si necesitas que vaya a recogerte.
     Cojo el dinero y le doy las gracias.
     -Nos vemos luego, si llama Antoni dile que le quiero. –Me doy la vuelta y vuelvo con los mellizos pensando en el por qué a Marius se le ha borrado tan deprisa la sonrisa.


Marius

     Dile a Antoni que le quiero. ¿Será que a mí no me quiere?


Melibea

     Somos seis los que vamos juntos a comer a una pizzería a un par de manzanas del colegio; Marina, Daniel, Ignacio, Alex, Gabriel y yo. Mientras comemos hablamos de las clases de hoy y nos reímos de nuestro profesor de matemáticas que ha empezado a comerse una tiza. Alex no deja de mirarme, le he pilado ya varias veces haciéndolo. Cuando nuestros ojos se cruzan los dos apartamos rápidamente la mirada avergonzados.
     -¿No tienes novio, Melibea? –Daniel me pregunta haciendo que el resto de la mesa deje de reírse y me miren a mí. Un silencio incomodo se forma a mi alrededor. No sé a qué viene este repentino cambio de conversación. Pienso en mi vida amorosa, que es inexistente. Ni siquiera me han besado.
     -No, no tengo novio –Respondo con una muy tímida sonrisa.
     -¿Novia? –Alex espera la respuesta. Algo me dice que espera que conteste que no.
     Suelto una pequeña risa.
     -Tampoco, pero no me gustan las mujeres...
     Daniel me interrumpe.
     -Te entiendo, a mí tampoco me gustan. –Todos en la mesa se ríen, no sabía que fuera gay. Pensaba que la cara de idiota que se le ponía siempre que hablaba con Ignacio era solo por su amistad. Parece que no, aunque no estoy muy segura si Ignacio es consciente de los sentimientos de su amigo hacia él. Tiene que ser duro estar enamorado de una persona y no poderle expresar tus sentimientos por miedo a perder su amistad. Creo que debería decírselo, igual se lleva una sorpresa. La gente no siempre es como creemos que son.
     Acabamos todos de comer y Gabriel propone ir a un sitio llamado “El Círculo”. Ignacio y Marina deciden irse a casa, el resto caminamos hasta llegar a una plaza rodeada por tres paredes de hormigón y una entrada. El sol ha empezado a ponerse y el cielo se vuelve cada vez más oscuro. El Círculo, que tiene forma cuadrada, solo cuenta con una farola que está en medio de la plaza. En la entrada hay dos muros de piedra llenos de pintadas. La gente se sienta en el suelo formando varios corros. Nosotros nos dirigimos a un rincón en el que hay varios chicos apoyados en sus motos. Gabriel sale corriendo y salta a los brazos de uno de ellos. Enrosca las piernas alrededor de su cintura y él la sujeta por el trasero. Se besan devorándose la boca el uno al otro.
     -Su novio. –Me aclara Alex.- Tío un poco de respeto, que es mi hermana. –Los dos, sin dejar de besarse, le ofrecen a Alex una bonita perspectiva de su dedo corazón. Él pone los ojos en blanco. –Chicos, está es Melibea. Melibea, estos son los chicos.
     Saludo a todos con la mano y una ligera sonrisa. Ellos me devuelven el saludo. Daniel se va con unas chicas al otro lado del Círculo, Alex habla con el chico más bajito del grupo y Gabriel sigue con su novio. Yo me quedo mirando a todo el mundo, sin participar en ninguna conversación. Un chico se me acerca. Es alto, guapo. Con los ojos y el pelo oscuro, y una sonrisa realmente tentadora.  Viste unos vaqueros y una chupa de cuero. La imagen de Marius atraviesa mis pensamientos.
     -Parece que las niñas buenas también saben dónde venir a divertirse. –El chico me mira y bebe un trago de la botella que tiene en la mano. Sonríe sin apartar sus ojos de los míos, se muerde el labio y vuelve a sonreír.
     -¿Quién dice que sea una niña buena? –Su sonrisa me incita a retarle. No quiero que piense que soy una niña. Algo en este chico me llama la atención y no quiero que se lleve una mala impresión de mí. Cuanto más le miro más pienso en lo guapo que es. Me pregunto cuántos años tendrá, parece mayor que yo y si tiene moto es que no puede tener menos de dieciséis. También me pregunto si estará saliendo con alguien… ¿Cómo puedo estar pensando ya en eso si ni siquiera se su nombre? Además un chico como él nunca querría estar con una chica como yo, aunque supongo que eso es lo que dicen todas las chicas de las películas antes de que el guapo protagonista se enamore de ellas y haya un final feliz. Pero este es el mundo real.
     -Tu expresión lo dice todo. Pareces perdida y nerviosa, te tiembla el labio.
     -Hace frío, no estoy nerviosa.
     -Estamos a veintiséis grados. –Jaque mate. –Me llamo Álvaro, es un placer conocer a una amiga de Gabriel. Sus amigas, son mis amigas. Asique… ¿Cómo se llama mi nueva amiga?
     Levanta una ceja esperando la respuesta. Alex nos mira de reojo mientras sigue hablando con el chico de baja estatura. Su hermana por fin ha dejado de enrollarse con su novio. Sus cuerpos siguen pegados, pero sus labios ya no se tocan. Él se acerca su boca al oído de Gabriel y susurra algo. Ella le pega un suave puñetazo en el brazo y se ríen.
     -Todavía no estoy segura de querer ser tu amiga. –Álvaro parece sorprendido.
     -¿Y por qué no? Cualquiera de los aquí presentes podría decirte lo genial que soy. –Señala a un par de grupos de chicos y chicas –Exceptuando a esos, a esas, a ese grupito del fondo, a la chica con la chaqueta rosa…
     -¿Exceptuando a todos menos a ti?
     -¡Vaya! No pensé que me costaría tanto ganarme tu amistad. Sigo sin saber tu nombre. –Da un paso hacia delante, acercándose más a mí. Yo doy un paso hacia atrás.
     -¿Es así como intentas ligar con una chica? –Mi pregunta le hace reír. Empiezo a sentirme un poco incomoda y pienso en si habré metido la pata diciendo eso. Tal vez sólo intentaba ser amable acercándose a hablar conmigo porque estaba sola.
     -Sólo con las chicas que me parecen interesantes, no suelen ser muchas. Por eso tengo todo el numerito poco ensayado y aún ni siquiera se tu nombre. –Sigue insistiendo en querer saber mi nombre y yo estoy decidida a irme sin decírselo. Vuelve a inclinar el codo, está vez bebe más que en la anterior. Cuando termina me ofrece la botella. -¿Quieres?
     -No gracias, no bebo. –Declino su oferta sin pensármelo dos veces.
     -Quieres decir que nunca has bebido y te da miedo hacerlo, típico de una niña buena. –Busco a Gabriel con la mirada, tiene una botella de alcohol en la mano.
     -Ya te he dicho que no soy una niña buena.
     -Demuéstramelo. –Vuelve a ofrecerme la botella. Pero a diferencia de la última vez, ahora la acepto y  bebo.



Marius

     Empieza a sonarme el móvil dentro del bolsillo del pantalón. Es un mensaje de Mel. Por fin, ya se ha hecho de noche y empezaba a preocuparme. “Marius; soy Gabriel, la amiga de Melibea. Se ha mareado un poco y me ha pedido que te escriba para decirte que la vengas a buscar. Estamos en la puerta del Círculo, supongo que ya sabrás donde está.”
     Mel.
     Conduzco rápido con el coche, recorriendo las calles de la ciudad hasta llegar al Círculo. Es un sitio que conozco bien, aunque hacía un par de años que no pasaba por aquí. Qué demonios estaba haciendo Melibea aquí. Ahí está.
     Lleva el pelo recogido en una coleta desaliñada. Apoya la cabeza sobre el hombro de su amiga Gabriel, quien la tiene sujeta por los hombros, envolviéndola con sus brazos. Sus ojos estás cerrados y no parece capaz de mantenerse en pie. Gabriel me ve y me llama haciendo un gesto con su mano. Empieza a levantar a Mel del suelo con cuidado, pero antes de que esté totalmente en pie, la cojo en brazos. Apoya su pequeña cabeza en mi pecho y me parece escucharla balbucear mi nombre. Sigue con los ojos cerrados.
     -¿Qué ha bebido?
     -Nada, sólo… unos tragos de vodka. Deben de haberle sentado peor de lo que se esperaba. –Me contesta Gabriel con la cabeza gacha.
     Dirijo una mirada a la figura ebria de Mel y la subo al coche sin decir nada. Le pongo el cinturón en el asiento del copiloto, ella se revuelve y deja que la ventanilla sujete su cabeza. Conduzco en silencio, mirando de cuando en cuando a Melibea. Siempre estoy pendiente de ella. Llegamos a casa y abre poco a poco los ojos. Intenta salir del coche ella sola y empieza a tambalearse, amenazando con caer hacia delante. Vuelvo a cogerla en brazos y la subo directamente al baño de arriba. Intenta escapar de mis brazos y, antes de que se caiga, la dejo sentada en el suelo. Trata de levantarse pero la vuelvo a sentar.
     -¡Dehame! Essstoy fien. –Dice totalmente borracha. Su aliento apesta a vodka.
     -Permíteme no confiar en tu palabra ahora mismo.
     Sus ojos se cierran involuntariamente. Le ordeno que levante los brazos y ella lo hace obediente. Tiro  del jersey del colegio por encima de su cabeza. Mel se quita los zapatos y los calcetines. Con sumo cuidado, deshago su coleta mal hecha y dejo que su pelo caiga sobre sus hombros y espalda.
     -Engo sez –Mel empieza a levantarse del suelo. La ayudo a ponerse en pie y se acerca al grifo del lavamanos, lo enciende y mete toda la cabeza debajo del chorro de agua mojándose el cabello, la camisa y también mojando el espejo.
     -¡Mel! –Cierro el grifo de un golpe.
     Ella balbucea algo que no logro entender y empieza a desabrochar los botones de la camisa. Soy incapaz de apartar la vista de sus manos trabajando en desnudarse. Mis manos actúan en contra de mi entrepierna y le cierran la camisa a Mel.
     -Vamos a la cama. –La sujeto de la cintura, evitando que pierda el equilibrio y caiga al suelo. Se libra de mi agarre y camina dando tumbos hasta mi habitación. Ella ya está dentro, su camisa y su falda en el suelo, de cara a la ventana. Observo su espalda desnuda. Tenemos algo en común, los dos tenemos muchos lunares repartidos por todo el cuerpo. Veo la sombra de sus costillas y sus omoplatos. Sus finas piernas que empiezan en el final de su pequeño trasero y terminan en esos delicados tobillos huesudos. Su piel blanca reluce con la tenue luz del pasillo. Parece tan frágil… Quiero tocarla, pero tengo miedo de que al hacerlo se rompa en mil pedazos.
     Qué digo, estoy perdiendo la cabeza.
     Abro la puerta de mi armario y cojo una de mis camisetas. Mel sigue mirando por la ventana. Me acerco por detrás y le digo:
     -Levanta los brazos. –Ella los levanta sin mirarme y le pongo la camiseta cubriendo su joven desnudez. Mis dedos rozan su piel. Es suave.
     Se da la vuelta y me empuja hasta la cama y, como de costumbre, nos metemos juntos. Reposa todo su cuerpo sobre el mío y cierra los ojos.
     -Gracias… -Dice en un susurro antes de caer dormida.