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martes, 2 de febrero de 2016

CAPÍTULO 14

Melibea

     Ser mujer duele. He estado estos cuatro días con las manos sobre mi bajo vientre y con un humor de perros. La profesora habla, habla y habla y yo no presto atención a lo que dice. Gabriel, que se sienta a mi lado, está dormida con la cabeza escondida entre sus brazos. Solo puede verse su melena naranja, tan rizada y salvaje como siempre. Suena el timbre y Gabriel se despierta de golpe sobresaltada. Yo no soy capaz de dormirme en clase. Se levanta de su pupitre y se queda de pie esperando a que termine de recoger mis cosas. Ella no lleva mochila, nunca lleva mochila. Salimos juntas al pasillo y nos encontramos con su hermano mellizo, Alex.
     -Qué tal Mel –Saluda.
     -Hola –Respondo a su saludo con una sonrisa de dientes blancos.
     -Hola a ti también, Alex. Estas tan embobado con Mel que ya te has olvidado de tu hermana mayor. –Dice Gabriel. Desconcertada miro a Alex, quien se ha puesto rojo de los pies a la cabeza. Le lanzo una mirada de reproche a Gabriel y ella pone los ojos en blanco. –Hemos quedado un par de clase para ir a comer, ¿te vienes?
     Marius me espera apoyado en el coche y con unas gafas de sol puestas.
     -Primero tengo que preguntárselo a Marius.
     -Pues venga, lenta. Ve a hablar con el hombre más sexy del mundo. –Lanzo un suspiro y voy junto a Marius. Ya he empezado a acostumbrarme a que las chicas de mi clase hablen sobre lo muy bueno que está Marius.
     -¿Qué tal te ha ido el día? –Me pregunta quitándose las gafas de sol. 
     -Bien, muy productivo –Digo con ironía. -¿Puedo ir a comer con unos amigos de clase?
     -¿Tú tienes amigos? –Dice levantando una ceja.
     -Ja, ja. ¿Puedo ir?
     -Claro que si idiota. –Marius saca la cartera y me ofrece un par de billetes –Toma. Llámame si tienes algún problema o si necesitas que vaya a recogerte.
     Cojo el dinero y le doy las gracias.
     -Nos vemos luego, si llama Antoni dile que le quiero. –Me doy la vuelta y vuelvo con los mellizos pensando en el por qué a Marius se le ha borrado tan deprisa la sonrisa.


Marius

     Dile a Antoni que le quiero. ¿Será que a mí no me quiere?


Melibea

     Somos seis los que vamos juntos a comer a una pizzería a un par de manzanas del colegio; Marina, Daniel, Ignacio, Alex, Gabriel y yo. Mientras comemos hablamos de las clases de hoy y nos reímos de nuestro profesor de matemáticas que ha empezado a comerse una tiza. Alex no deja de mirarme, le he pilado ya varias veces haciéndolo. Cuando nuestros ojos se cruzan los dos apartamos rápidamente la mirada avergonzados.
     -¿No tienes novio, Melibea? –Daniel me pregunta haciendo que el resto de la mesa deje de reírse y me miren a mí. Un silencio incomodo se forma a mi alrededor. No sé a qué viene este repentino cambio de conversación. Pienso en mi vida amorosa, que es inexistente. Ni siquiera me han besado.
     -No, no tengo novio –Respondo con una muy tímida sonrisa.
     -¿Novia? –Alex espera la respuesta. Algo me dice que espera que conteste que no.
     Suelto una pequeña risa.
     -Tampoco, pero no me gustan las mujeres...
     Daniel me interrumpe.
     -Te entiendo, a mí tampoco me gustan. –Todos en la mesa se ríen, no sabía que fuera gay. Pensaba que la cara de idiota que se le ponía siempre que hablaba con Ignacio era solo por su amistad. Parece que no, aunque no estoy muy segura si Ignacio es consciente de los sentimientos de su amigo hacia él. Tiene que ser duro estar enamorado de una persona y no poderle expresar tus sentimientos por miedo a perder su amistad. Creo que debería decírselo, igual se lleva una sorpresa. La gente no siempre es como creemos que son.
     Acabamos todos de comer y Gabriel propone ir a un sitio llamado “El Círculo”. Ignacio y Marina deciden irse a casa, el resto caminamos hasta llegar a una plaza rodeada por tres paredes de hormigón y una entrada. El sol ha empezado a ponerse y el cielo se vuelve cada vez más oscuro. El Círculo, que tiene forma cuadrada, solo cuenta con una farola que está en medio de la plaza. En la entrada hay dos muros de piedra llenos de pintadas. La gente se sienta en el suelo formando varios corros. Nosotros nos dirigimos a un rincón en el que hay varios chicos apoyados en sus motos. Gabriel sale corriendo y salta a los brazos de uno de ellos. Enrosca las piernas alrededor de su cintura y él la sujeta por el trasero. Se besan devorándose la boca el uno al otro.
     -Su novio. –Me aclara Alex.- Tío un poco de respeto, que es mi hermana. –Los dos, sin dejar de besarse, le ofrecen a Alex una bonita perspectiva de su dedo corazón. Él pone los ojos en blanco. –Chicos, está es Melibea. Melibea, estos son los chicos.
     Saludo a todos con la mano y una ligera sonrisa. Ellos me devuelven el saludo. Daniel se va con unas chicas al otro lado del Círculo, Alex habla con el chico más bajito del grupo y Gabriel sigue con su novio. Yo me quedo mirando a todo el mundo, sin participar en ninguna conversación. Un chico se me acerca. Es alto, guapo. Con los ojos y el pelo oscuro, y una sonrisa realmente tentadora.  Viste unos vaqueros y una chupa de cuero. La imagen de Marius atraviesa mis pensamientos.
     -Parece que las niñas buenas también saben dónde venir a divertirse. –El chico me mira y bebe un trago de la botella que tiene en la mano. Sonríe sin apartar sus ojos de los míos, se muerde el labio y vuelve a sonreír.
     -¿Quién dice que sea una niña buena? –Su sonrisa me incita a retarle. No quiero que piense que soy una niña. Algo en este chico me llama la atención y no quiero que se lleve una mala impresión de mí. Cuanto más le miro más pienso en lo guapo que es. Me pregunto cuántos años tendrá, parece mayor que yo y si tiene moto es que no puede tener menos de dieciséis. También me pregunto si estará saliendo con alguien… ¿Cómo puedo estar pensando ya en eso si ni siquiera se su nombre? Además un chico como él nunca querría estar con una chica como yo, aunque supongo que eso es lo que dicen todas las chicas de las películas antes de que el guapo protagonista se enamore de ellas y haya un final feliz. Pero este es el mundo real.
     -Tu expresión lo dice todo. Pareces perdida y nerviosa, te tiembla el labio.
     -Hace frío, no estoy nerviosa.
     -Estamos a veintiséis grados. –Jaque mate. –Me llamo Álvaro, es un placer conocer a una amiga de Gabriel. Sus amigas, son mis amigas. Asique… ¿Cómo se llama mi nueva amiga?
     Levanta una ceja esperando la respuesta. Alex nos mira de reojo mientras sigue hablando con el chico de baja estatura. Su hermana por fin ha dejado de enrollarse con su novio. Sus cuerpos siguen pegados, pero sus labios ya no se tocan. Él se acerca su boca al oído de Gabriel y susurra algo. Ella le pega un suave puñetazo en el brazo y se ríen.
     -Todavía no estoy segura de querer ser tu amiga. –Álvaro parece sorprendido.
     -¿Y por qué no? Cualquiera de los aquí presentes podría decirte lo genial que soy. –Señala a un par de grupos de chicos y chicas –Exceptuando a esos, a esas, a ese grupito del fondo, a la chica con la chaqueta rosa…
     -¿Exceptuando a todos menos a ti?
     -¡Vaya! No pensé que me costaría tanto ganarme tu amistad. Sigo sin saber tu nombre. –Da un paso hacia delante, acercándose más a mí. Yo doy un paso hacia atrás.
     -¿Es así como intentas ligar con una chica? –Mi pregunta le hace reír. Empiezo a sentirme un poco incomoda y pienso en si habré metido la pata diciendo eso. Tal vez sólo intentaba ser amable acercándose a hablar conmigo porque estaba sola.
     -Sólo con las chicas que me parecen interesantes, no suelen ser muchas. Por eso tengo todo el numerito poco ensayado y aún ni siquiera se tu nombre. –Sigue insistiendo en querer saber mi nombre y yo estoy decidida a irme sin decírselo. Vuelve a inclinar el codo, está vez bebe más que en la anterior. Cuando termina me ofrece la botella. -¿Quieres?
     -No gracias, no bebo. –Declino su oferta sin pensármelo dos veces.
     -Quieres decir que nunca has bebido y te da miedo hacerlo, típico de una niña buena. –Busco a Gabriel con la mirada, tiene una botella de alcohol en la mano.
     -Ya te he dicho que no soy una niña buena.
     -Demuéstramelo. –Vuelve a ofrecerme la botella. Pero a diferencia de la última vez, ahora la acepto y  bebo.



Marius

     Empieza a sonarme el móvil dentro del bolsillo del pantalón. Es un mensaje de Mel. Por fin, ya se ha hecho de noche y empezaba a preocuparme. “Marius; soy Gabriel, la amiga de Melibea. Se ha mareado un poco y me ha pedido que te escriba para decirte que la vengas a buscar. Estamos en la puerta del Círculo, supongo que ya sabrás donde está.”
     Mel.
     Conduzco rápido con el coche, recorriendo las calles de la ciudad hasta llegar al Círculo. Es un sitio que conozco bien, aunque hacía un par de años que no pasaba por aquí. Qué demonios estaba haciendo Melibea aquí. Ahí está.
     Lleva el pelo recogido en una coleta desaliñada. Apoya la cabeza sobre el hombro de su amiga Gabriel, quien la tiene sujeta por los hombros, envolviéndola con sus brazos. Sus ojos estás cerrados y no parece capaz de mantenerse en pie. Gabriel me ve y me llama haciendo un gesto con su mano. Empieza a levantar a Mel del suelo con cuidado, pero antes de que esté totalmente en pie, la cojo en brazos. Apoya su pequeña cabeza en mi pecho y me parece escucharla balbucear mi nombre. Sigue con los ojos cerrados.
     -¿Qué ha bebido?
     -Nada, sólo… unos tragos de vodka. Deben de haberle sentado peor de lo que se esperaba. –Me contesta Gabriel con la cabeza gacha.
     Dirijo una mirada a la figura ebria de Mel y la subo al coche sin decir nada. Le pongo el cinturón en el asiento del copiloto, ella se revuelve y deja que la ventanilla sujete su cabeza. Conduzco en silencio, mirando de cuando en cuando a Melibea. Siempre estoy pendiente de ella. Llegamos a casa y abre poco a poco los ojos. Intenta salir del coche ella sola y empieza a tambalearse, amenazando con caer hacia delante. Vuelvo a cogerla en brazos y la subo directamente al baño de arriba. Intenta escapar de mis brazos y, antes de que se caiga, la dejo sentada en el suelo. Trata de levantarse pero la vuelvo a sentar.
     -¡Dehame! Essstoy fien. –Dice totalmente borracha. Su aliento apesta a vodka.
     -Permíteme no confiar en tu palabra ahora mismo.
     Sus ojos se cierran involuntariamente. Le ordeno que levante los brazos y ella lo hace obediente. Tiro  del jersey del colegio por encima de su cabeza. Mel se quita los zapatos y los calcetines. Con sumo cuidado, deshago su coleta mal hecha y dejo que su pelo caiga sobre sus hombros y espalda.
     -Engo sez –Mel empieza a levantarse del suelo. La ayudo a ponerse en pie y se acerca al grifo del lavamanos, lo enciende y mete toda la cabeza debajo del chorro de agua mojándose el cabello, la camisa y también mojando el espejo.
     -¡Mel! –Cierro el grifo de un golpe.
     Ella balbucea algo que no logro entender y empieza a desabrochar los botones de la camisa. Soy incapaz de apartar la vista de sus manos trabajando en desnudarse. Mis manos actúan en contra de mi entrepierna y le cierran la camisa a Mel.
     -Vamos a la cama. –La sujeto de la cintura, evitando que pierda el equilibrio y caiga al suelo. Se libra de mi agarre y camina dando tumbos hasta mi habitación. Ella ya está dentro, su camisa y su falda en el suelo, de cara a la ventana. Observo su espalda desnuda. Tenemos algo en común, los dos tenemos muchos lunares repartidos por todo el cuerpo. Veo la sombra de sus costillas y sus omoplatos. Sus finas piernas que empiezan en el final de su pequeño trasero y terminan en esos delicados tobillos huesudos. Su piel blanca reluce con la tenue luz del pasillo. Parece tan frágil… Quiero tocarla, pero tengo miedo de que al hacerlo se rompa en mil pedazos.
     Qué digo, estoy perdiendo la cabeza.
     Abro la puerta de mi armario y cojo una de mis camisetas. Mel sigue mirando por la ventana. Me acerco por detrás y le digo:
     -Levanta los brazos. –Ella los levanta sin mirarme y le pongo la camiseta cubriendo su joven desnudez. Mis dedos rozan su piel. Es suave.
     Se da la vuelta y me empuja hasta la cama y, como de costumbre, nos metemos juntos. Reposa todo su cuerpo sobre el mío y cierra los ojos.
     -Gracias… -Dice en un susurro antes de caer dormida.





   
    
    
    
   



    
   
   
   

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