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jueves, 10 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 16

Marius

     -Te quiero. –Melibea me besa. Nuestros cuerpos se entrelazan, pero todo se funde a negro antes de que podamos llegar a formar el uno parte del otro.

     Despierto con las sábanas pegadas al cuerpo y con una erección entre las piernas. Muy despacio voy abriendo los ojos y empiezo a poder ver mi habitación, iluminada por los rayos del sol, con claridad. Miro con el ceño fruncido el hueco vacío de mi cama en el que debería estar Melibea, ayer por la noche no estaba de humor como para dormir con ella. Me sentía engañado, y estaba celoso. Muy celoso.
      Me levanto de la cama y bajo a desayunar. Al abrir la puerta de mi habitación me encuentro con Melibea en el pasillo. Su despeinado pelo cae sobre y sus hombros, deslizándose por su espalda. Lleva una de mis camisetas. A mí me quedaría muy ajustada, marcando los músculos de mi espalda, pero en ella se ve gigante. Sus piernas desnudas hacen que se me erice el vello de la nuca. Mel me mira desde abajo. Sus mejillas se tornan de un suave color rosado. Me encanta su reacción cuando me ve sin camiseta, me recuerda a lo inocente que es en realidad. Pienso en si el chico ese con el que estuvo ayer hará también que sus mejillas cojan color.
       -Buenos días. –Una vez vuelve en sí.
      -Buenos días. –Mel sonríe como si hubiera pensado que no iba a responder y se sintiera aliviada al ver que sí lo hago.   
      Bajamos a la cocina y, como siempre, soy yo quien prepara el desayuno. Pegada a la puerta de la nevera hay una nota de Antoni:
Estoy en la oficina.
No me esperéis despiertos.
Antoni.

      Dejo la nota encima de la mesa para que la pueda leer Melibea.
      -Parece que nos hemos quedado solos, otra vez. ¿Algún plan para hoy? –Dice ella.
      -Debería empezar a repasar mi tesis. Apenas faltan tres semanas para la presentación. –Respondo.
      -¿Una tesis? –Asiento. –Y… ¿De qué trata dicha tesis? –Mel sube los pies a la silla y se lleva las rodillas al pecho. Me mira levantando una ceja.
       -Filosofía. –La respuesta le sorprende y cambia su expresión.
       -No te veía yo como una persona muy ilustrada. –Se ríe mordiéndose la lengua. Me acerco a ella y, poniéndome a su altura, la miro a los ojos y digo:
      -“Ignorantes somos todos, solo que ignoramos cosas diferentes.” Albert Einstein.  
      Melibea pone los ojos en blanco y empieza a comer.
      Una vez hemos terminado los dos de desayunar, subimos a la terraza en “pijama”. Me tumbo en una hamaca que está al lado de la piscina. Mel se acerca por detrás y lanza una patada al agua haciendo que miles de gotas de agua fría caigan sobre mí poniéndome la piel de gallina. Me levanto de golpe y me seco el torso con una toalla. Melibea me mira y se empieza a reír. Yo respondo a su risa con una expresión furiosa. Doy un paso hacia ella y deja de reír. Un paso más. Antes de que Mel pueda echar a correr yo atrapo su cintura, la elevo en el aire balanceándola por encima de la piscina, amenazando con tirarla al agua.
      -¡Marius no! –Dice gritando mientras cae dentro de la piscina.
      Su pequeña y enfurruñada cabeza sale a la superficie. Debe de estar cansada de que siempre juegue con las mismas cartas. Sujeta como puede la camiseta para que no empiece a flotar y pueda ofrecerme una bonita vista de su cuerpo desnudo. Intenta salpicarme desde dentro de la piscina, pero echándome a un lado, el agua ni me roza. Sale subiendo por las escaleras. La camiseta se le pega al cuerpo, marcando su pequeña figura. Me golpea con los puños cerrados.
      -¡Te odio! ¡Eres un infantil! ¡Y un inmaduro! ¡Y te odio! –Su mirada está llena de rencor. Mis labios se curvan formando una sonrisa.
      -Se te da muy mal mentir. –Mel retiene el aliento y al segundo se ruboriza.
      Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. No sé cuánto tiempo estamos el uno frente al otro, un segundo, un minuto, tal vez toda una vida. Sólo sé que en ese período de tiempo me fundí en su mirada.
      Melibea pasa de largo, cortando la cuerda que unos unía.
 
MELIBEA

      Una vez seca, entro de nuevo en la casa. Mi mente perversa comienza a planear su venganza. Bajo rápidamente a la cocina con Marius detrás y abro la nevera, la nata montada esta justo en frente de mí. Cojo el bote y me siento encima de la encimera. Me echo un poco de nata en la boca, directamente del bote. Marius se queda de pie mirándome.
      -¿Quieres? –Le digo moviendo el bote de nata de un lado a otro. Él asiente. Hago un gesto con el dedo índice para que se acerque más. Marius se para entre mis piernas y abre la boca. Empiezo a echarle nata y no paro hasta que esta se sale de su boca, escurriéndose por su barbilla. Soy incapaz de aguantar una fuerte carcajada. Marius se limpia y sonríe con malicia.
      -Te vas a enterar. –Marius me quita la nata de las manos y me la acaba echando por toda la cara y el pelo mientras me hace cosquillas. Grito hasta que para por un momento y en cuanto tengo la oportunidad, salto de la encimera y salgo corriendo escaleras arriba. Me limpio como puedo la cara con la camiseta. Me escondo detrás de la puerta de la habitación de Marius, esperando a que entre para abordarle.

MARIUS

      Entro en mi habitación después de haber entrado en la de Melibea para buscarla. Me siento en la cama para recuperar el aliento cuando Mel salta encima de mí, tumbándonos a los dos en la cama. Se sienta encima de mía a ahorcajadas, con las rodillas a ambos lados de mis caderas. Trato de no pensar en la presión que empieza a ejercer en mi entrepierna. Con un movimiento la desequilibrio.
     Ahora soy yo el que está encima de ella, sujetando sus muñecas, bloqueando sus movimientos. Melibea continúa con esa sonrisa traviesa, respira de forma rápida y continua intentando recuperar el aliento. Mi cuerpo está pegado al suyo. Siento corrientes de un intenso ardor ahí donde su piel me toca. Soy consciente de la ropa que nos separa, desearía poder hacerla desaparecer. Observo su delicado rostro; es preciosa. En sus ojos puedo ver sus dos caras. El azul me muestra su inocencia y el marrón su picardía. Ese charquito de pecas salpicando su nariz. Sus dientes ligeramente torcidos. Y unos labios rosados, unos labios carnosos de aspecto suave. Unos labios que me están prohibidos. Y actuando guiado por mis instintos, la beso. Parece sorprendida pues por un momento todo su cuerpo se tensa, pero en cuestión de segundos se relaja y empieza a dejarse llevar. Su boca se abre dejando paso a mi lengua que se muere por conocer la suya, probar todo su sabor con mis labios, unos labios a los que les da miedo moverse con demasiada determinación por si pudieran lastimarla. El fuego arrasa mi interior. Melibea se arquea instintivamente hacia mí. Nuestras bocas se mueven juntas, conociéndose la una a la otra. Mi mano viaja hasta su cintura. Melibea me acaricia el cuello y se aprieta más contra mí. Tímidamente meto mi mano bajo su camiseta y acaricio su piel. Mel deja escapar un pequeño y suave gutural seguido de un suspiro. Sin darme cuenta mi entrepierna hace presión en la suya y ella se aparta de golpe. No sonríe y tiene gacha la cabeza, está tratando de no cruzarse con mi mirada. Me levanto de la cama y salgo de la habitación dando un portazo.
     



     




    


   
    
    
    
   



    
   
   

   

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